Arsenia Velasco: la joven actriz que enfermó cuando interpretaba Barba Azul en Vitoria

Arsenia Velasco fue una excelente actriz y cantante, cuya carrera se truncó a una edad muy temprana. Falleció en Vitoria, días después de su última actuación en el antiguo Teatro Principal. Vitoria la lloró como a una hija. (Cuenca 31 de agosto 1845 – 4 de agosto 1874 Vitoria).

Se miró en el espejo, el maquillaje disimulaba sus ojeras. Le habían advertido que el teatro estaba a rebosar, no le había sorprendido. Aún era joven pero conocía los laureles del éxito… Y estaba en Vitoria, la ciudad donde había nacido su madre, donde sus padres se habían casado y donde le profesaban un sincero cariño. En especial el joven Fermín Herrán. Seguramente estaría entre el público. Al terminar la esperaría para expresarle su admiración, seguramente con un ramo de flores de un gusto exquisito, y después la acompañaría a casa. Tan atento, tan encantador…

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teatro principal vitoria

El Teatro Principal, tras el incendio que lo arrasó (Foto Archivo Municipal)

Barba Azul era una obra que gustaba y ya había cosechado numerosos aplausos en su papel de Rosalba. Una leve indisposición no iba a conseguir que defraudara a su público. Se levantó con decisión, y tuvo que apoyarse para no caer.

Estaba mareada, quizás un poco febril. Se concentró en la respiración intentando recuperar el control. Dentro de un mes iba a cumplir 29 años, era joven pero no una niña, no iba a dejarse vencer.

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  • Recordó su primera actuación en un teatro…
arsenia velasco

Arsenia Velasco (Fundación Sancho el Sabio)

Tenía entonces 21 años y se acababa de incorporar a una compañía cuyos cantantes llevaban mucho tiempo juntos, incluso habían interpretado aquella obra antes. Ella solo pudo hacer un ensayo, el general, antes de presentarse ante el público cordobés.

Sin embargo, su papel como Orsino en la ópera Lucrecia de Donizetti la hizo destacar cosechando elogios del público y de la crítica. Los espectadores prorrumpieron en aplausos en la romaza Nella fatal Rimini viéndose obligada a repetirla. Y ese había sido el comienzo de una fructífera carrera.

Los aplausos le alimentaban, pero nunca se había dejado llevar por la vanidad de los halagos. Se esforzaba cada día en mejorar, nunca estaba conforme. Siempre se encontraba fallos que los demás o no veían o no querían ver. Porque por encima de todo amaba la música, era su vida.

Desde pequeña había mostrado un talento natural que su padre, José Velasco, distinguido instrumentista y maestro, músico mayor en la provincia de Ciudad Real cuando ella nació, se encargó de fomentar y dirigir. Adoraba a su padre, tanto que se negó a abandonar su compañía para irse de gira. Por ese motivo se había inclinado por la zarzuela en lugar de continuar en la ópera. Se hacían muchas representaciones de ese género en Madrid y durante aquellos días su padre se vio retenido en esa capital por negocios. Cuando al fin pudo viajar siempre la acompañaba.

Sin embargo, no era él el único mentor al que debía su educación y su agradecimiento. Desde que, con apenas 11 años, ingresó en el Real conservatorio de Música y Declamación sintió la tutela y el apoyo de Hilarión Eslava, director del conservatorio y eminente músico. Fueron días felices pero no ociosos. Se esforzó tanto que hubo momentos en que creyó desfallecer: solfeo, canto, declamación, piano, legua italiana, mímica… .

Llegó a envidiar a algunos compañeros por su actitud despreocupada, por atreverse a dedicar tiempo a la broma y a la diversión… Pero sus excelentes notas y las felicitaciones de los profesores fueron mejor recompensa que un paseo al sol y unos barquillos. Incluso obtuvo por oposición una plaza de alumna pensionada de canto dotada con 300 escudos, que disfrutó hasta el fin de sus estudios. Luego los premios, medalla de cobre, de plata y por fin el oro. Su padre no podía estar más orgulloso.

Le recordó guardando con celo las páginas de los periódicos que reseñaban las críticas en su primer papel importante, Leonor en La Favorita. Reunía aquellos recortes con mimo, alisándolos con cuidado al colocarlos en el álbum para que la cola no los maculase con bultos o imperfecciones.

A aquel éxito le siguieron otros, en 1868 en Granada con Il Trovatore y Un ballo in masquera. Luego con zarzuelas en Madrid, Valencia, Andalucía, Barcelona y Vitoria: Los mosqueteros de la Reina, El juramento, Zilda, El primer día feliz, El Grumete, La sombra, Los brigantes, Ildara, Madama Angot, los cómicos de Alcorcón, El hombre es débil, Las hijas de Eva, Los comediantes de antaño… ¡tantas y de tan variados géneros!. Más de 45 obras.

En algunas tenía que lograr que el público se conmoviera hasta la lágrima, en otras debía arrancarles una carcajada, otras veces mover a la admiración con el porte de una heroína y en la siguiente provocar una sonrisa pícara con su desparpajo. Papeles de mujer y de hombre. Un muchacho atrevido, un poeta oscuro, una viuda, una sacerdotisa, una mujer disoluta, una descarada, una puritana…

Y allí estaba su padre, que henchido de orgullo, se esforzaba en recordarle que el éxito es fruto del trabajo, que no debía vanagloriarse y ceder ante los halagos, que la vanidad es la antesala del fracaso.

  • Actuaba en Vitoria-Gasteiz

Barba Azul era una comedia en la que se sentía cómoda, había triunfado con ella en innumerables ocasiones y esta no iba a ser una excepción. Salió a escena decidida a dar lo mejor de sí misma.

Sus malagueñas arrancaron vítores y hubo de repetirlas ante la petición unánime de los espectadores. Le demostraron su admiración durante todo el espectáculo, y al finalizar la aclamaron con entusiasmo. Desde el escenario frente a un teatro puesto en pie, temblaba de emoción y quizás por la fiebre.

Los ojos brillantes y los oídos casi embotados con el atronador y larguísimo aplauso. Hubo de salir a saludar unas cuantas veces. Se sentía regenerada por el calor de las ovaciones. Y después ramos de flores, expresiones entusiastas… quizás era el ir y venir, la procesión de rostros encendidos murmurando elogios, pero se sentía mareada. Se debía a su público, a aquella ciudad cuna de su madre. Siguió agradeciendo las muestras de cariño, siguió sonriendo.

Al final tuvo que admitir que estaba exhausta. Como había supuesto, el cortés Fermín Herrán y algún otro se ofrecieron para acompañarla a casa. No era una noche fría pero una brisa barría la cuesta del teatro, insistieron en que se envolviera en su chal. No tenía frío, al contrario se sentía recuperada. Sus arreboladas mejillas, sus ojos brillantes y su sincera sonrisa les convencieron de su perfecto estado de salud.

Al día siguiente, el domingo día 12, no pudo salir de casa. Sus amigos no dejaron de visitarla durante los 20 días que duró su enfermedad. Fermín fue constante a la cabecera de su lecho, intentando animarla y viendo con pesar como iba perdiendo la consciencia hasta el desmayo final.

  • La despedida

El azul del cielo era espléndido, una ligera brisa evitaba la sensación de calor excesivo. La luminosa tarde de verano contrastaba con la oscura comitiva. Una multitud de rostros tristes, ojos llorosos, frases apesadumbradas y suspiros de derrota. Un ataúd blanco tachonado de oro se dirigía al camposanto de Santa Isabel. Fermín Herrán, Nicolás Lloret, Ignacio Lersundi y Eduardo Velasco llevaban las cintas del féretro representando las ciencias y las letras y la banda del regimiento La Constitución interpretaba una marcha fúnebre.

Frente a su sepultura y roto por el dolor, Herrán declamó un sentido verso que había compuesto con motivo de su pérdida. Más tarde escribiría una publicación titulada Arsenia Velasco donde glosaría su vida y sus virtudes. En ella recordaría sus ojos claros, su talento, su gracia, su bondad, su exquisito gusto… no sería el único que le dedicaría una publicación aunque sí el que de ella hablaría con más sentido cariño. También lo haría Jose Inzega, profesor de la escuela nacional de música, reseñas en periódicos, el mismo Hilarión Velasco lamentaría por escrito su desaparición…

Pasó tiempo y vino tiempo. Su monumento funerario desapareció, el teatro que la vio triunfar en Vitoria se convirtió en cenizas, los que un día se deleitaron con su voz son polvo… pero como escribió Fermín Herrán en el poema ¡Arsenia Velasco! Sentido ante su sepultura: «Podrá olvidarse acaso que vivió y fue querida; siempre de su virtud habrá memoria: por más que de su paso por esta triste vida solo quede el recuerdo de su gloria».

Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. Iñaki dice:

    Marta siempre aprendo mucho de la historia de Vitoria gracias a ti.
    Deberia de tener una calle en la ciudad.

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