Basilisa Tarrios, la primera fotógrafa profesional de Vitoria

| 12 octubre, 2020

Basilisa Tarrios fue la primera fotógrafa profesional de Vitoria, un negocio que heredó de la familia de su marido

Basilisa Tarrios Uriondo, viuda de Zaldúa. Vitoria-Gasteiz, 1842 – San Sebastián-Donostia, 1893. Fue la primera fotógrafa profesional de Vitoria-Gasteiz. Su muerte fue trágica, como puedes leer en el siguiente relato:

-¡Miren aquí! ¡Quietos por favor!… – El cronómetro en la mano, ella también conteniendo el aliento…

– Listo. – Dice al tiempo que cubre el objetivo.

El estudio sigue manteniendo el mismo aspecto que cuando lo dirigía su esposo: pesados y solemnes cortinones, sillas de labrados respaldos, paneles que simulan un paisaje natural, otro con un candelabro y un espejo pintados,… Aunque ella ha añadido algún aderezo, una columna clásica, un jarrón… complementos escenográficos sencillos pero efectistas. Quizás fue un error, no debería haber gastado en ellos… un fútil intento por atraer más clientes.

Los retratos fotográficos eran demasiado caros para que las clases menos pudientes pudieran costearlos, incluso resultaban un desembolso excesivo para los pequeños burgueses, reservado solo para las ocasiones especiales. Pero ella estaba dispuesta a mantener el negocio, ¿Qué otra cosa podía hacer? Ruperto había fallecido seis meses después de que lo hiciera su suegro adoptivo, Pablo Bausac, dejándola sola con su hijo Ángel José de 2 años. Tenía que luchar por ella y por su hijo.

–Les avisaré cuando estén listas. Muchas gracias… aquí tienen el resguardo.

Sospechaba que el hecho de que lo regentara una mujer no aumentaba la confianza de los clientes. Y, por si no tuviera bastante con Pedro Mur, Onís y Lucas se habían separado y aumentado la competencia. Pero aún tenía que contar la larga experiencia de su establecimiento: “Bausac y sobrino” había sido el primer estudio fotográfico abierto en Vitoria en 1857. Cuando Bausac se marchó, Ruperto había continuado con el negocio hasta que murió. Ahora era ella quien llevaba las riendas. Mejor no pensar en las facturas que se acumulaban, mejor mantener la esperanza y el entusiasmo.

Seguía sintiendo lo mismo cuando se encerraba en el cuarto de revelado… el mundo de fuera dejaba de existir y en la penumbra sucedía la magia. Como de la nada emergían las formas, primero leves fantasmas que poco a poco se iban corporizando hasta convertirse en un instante de tiempo atrapado. Por más que conociera la razón de aquel proceso no dejaba de causarle igual emoción que la primera vez que asistió extasiada a una demostración de su esposo. Solo hacía unos meses que se habían casado cuando, tras una cierta insistencia por su parte, le permitió acceder al misterioso cuarto. Después de aquello se fue implicando más en el negocio. Incluso colaboró en la toma de las 12 vistas de Vitoria que presentaron a la Exposición de Bellas Artes e Industria celebrada en la ciudad en 1867. Apenas una ayudante, pero se sintió importante, partícipe de los adelantos modernos.

Es posible que su esposo sospechara que su tío se alejaría del negocio para involucrarse más en la causa carlista, quizás intuyó que ella podía convertirse en una ayuda valiosa. Pablo Bausac, era un hombre inquieto que defendía con pasión sus ideas.

No podía negar que le admiraba, aunque a veces le sacaba de sus casillas. ¡Cuántas veces tuvo que morderse la lengua!, a él no le gustaba verla trasteando con los útiles de fotografía, el cuarto de revelado no era lugar para una mujer… si la viera hoy al frente del negocio es posible que se volviese a morir. Y sin embrago, era un artista, le interesaba la ciencia, la enseñanza,… y a pesar de sus refunfuños no dejó de instruirla en el arte de la fotografía fingiendo que sus consejos eran para evitar que cometiera un destrozo.

Una vida curiosa la de su suegro adoptivo. Nacido en Aranjuez en 1805, huérfano muy joven… quizás por eso tomó bajo su ala a Ruperto, cuando perdió a sus padres, como si fuera su hijo. Se casó en Madrid, en 1840, con Magdalena Zaldua y se trasladaron a Bilbao, allí acogió a su sobrino, que había nacido en Durango en 1838, y poco después, en 1855, a Vitoria.

Pintor, profesor… (Menuda polémica respecto a los métodos de enseñanza con Juan Ángel Sáez, nunca se lo perdonó. Ella no quiso entrometerse, en el fondo pensaba que Sáez tenía algo de razón, Don Pablo era un tanto anticuado. Jamás se hubiera atrevido a decírselo) y en 1857, en la calle San Antonio 21 abrieron el primer estudio fotográfico de la ciudad.

Ruperto era apuesto, al menos a ella se lo parecía. Se casaron en mayo de 1863, una bonita ceremonia en la iglesia de San Vicente. Su padre, Ángel Tarrios González, la llevó del brazo al altar mientras su madre, Petra Uriondo Rodriguez, la miraba arrobada incapaz de evitar que se le escaparan algunas lagrimillas. Parecían tan lejanos aquellos tiempos después de tantas desgracias. Primero perdió a su pequeña Vicenta en 1871, recién nacida hubo de despedirla. Tío y sobrino estaban inmersos en la causa carlista, distribuyendo retratos del pretendiente y Bausac fue aún más lejos partiendo hacia San Juan de luz para reunirse con otros partidarios. Una pérdida de tiempo y dinero mientras ella lloraba a su hija.

Afortunadamente, su esposo abrió un nuevo estudio en la calle de la Estación número 11. Ella recobró la esperanza, abandonada la militancia política esperaba que progresaran. Pero el negocio era difícil, su madre les dejó en 1874 y Ruperto fracasó en las oposiciones para conseguir plaza como profesor de dibujo. Ella tenía el título de maestra y podía ejercer, un alivio económico. Y llegó Ángel en 1878, al fin un acontecimiento feliz.

Al año siguiente volvió Don Pablo, fracasada la carlistada, y abrió una academia de pintura en su estudio. Nuevos ingresos, pero también nuevos gastos e intromisiones. Nunca había sido un hombre fácil, demasiadas decepciones quizás. Basilisa tuvo que armarse de paciencia, en más de una ocasión discutieron… en el fondo pensaba que le gustaba que le plantara cara. Sintió su muerte.

Ruperto le siguió. Y ahora estaba allí, con el Gabinete fotográfico Viuda de Zaldua. La primera mujer fotógrafa profesional de la ciudad, compaginando sus labores de maestra para poder mantenerse. Pero el futuro es incierto y muchas veces cruel.

La noche del 18 al 19 de marzo de 1893, Basilisa y su hijo dormían en el piso segundo de la calle Urbieta número 6 de San Sebastián. Había llegado a finales de 1891 y constaba como profesora.

Aunque un transeúnte avisó al cuerpo de bomberos voluntarios del avistamiento de humo, un cúmulo de despropósitos contribuyó a que el incendio se descontrolara. En el sótano del edificio, un horno de leña, alcoholes, leña,… los bomberos voluntarios llegaron tarde, fue complicado reunirlos, las mangueras no tenían el adaptador para las nuevas bocas de agua… el incendio se extendió a los números 4 y 8, las casas quedaron destruidas, se sucedieron las escenas de pánico,… hubo muchos heridos y murieron 25 personas. Basilisa, de 51 años, y Ángel, su hijo que en un par de días hubiera cumplido los 15 años, perecieron entre las llamas. El humo ascendió por las escaleras, las lenguas de fuego se multiplicaron rápidamente impidiendo la huida de los desprevenidos inquilinos y un infierno coloreó la noche deSan Sebastián. Solo el lúgubre esqueleto de los edificios vio clarear el día.

Sus cuerpos, junto a los de las otras víctimas del desastre, reposan en el cementerio de Polloe, en San Sebastián-Donostia, en un monumento que conmemora su triste fallecimiento.

Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. Iñaki Ortega dice:

    Marta me encantan tus artículos, siempre aprendiendo de la historia de Vitoria-Gasteiz.

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