El examen práctico

| 30 diciembre, 2012

Último capítulo de la serie ‘Sin Carnet A los 28’

Capítulos anteriores:

1-Sin carnet a los 28

2- Eligiendo una autoescuela

3- La teoría

4- El psicotécnico (I): Cuando lo absurdo llega al ridículo

5- El Test Psicotécnico, Parte II: In Mayas we trust…

6- A por el práctico

7- La primera clase práctica

8- A los mandos

Van pasando los días y casi sin darte cuenta ya has hecho una docena de clases prácticas. Eres consciente de que aún te queda mucho por aprender, pero también que las clases no son especialmente baratas. Así que, además como hay que solicitarlo con una semana de antelación, te matriculas para el examen práctico.

Como ya llevas unas cuantas clases encima, parece que el “acojone” que tenías a la hora de tomar el volante ha desaparecido. Por fin has conseguido estar tranquilo a los mandos, sin embargo, una vez que te matriculas para el examen práctico vuelve la tensión.

Ya sólo te quedan unos pocos días de clase hasta la prueba y en lo único que puedes pensar cuando estás conduciendo es: “Uy, por esta pirula me suspenden”. Por si fuera poco, ahora comenzamos todas las clases yendo a algún punto de la ciudad donde suelen empezarse los exámenes y simulando que estoy en uno.

Jesús ya no me da consejos, sólo me dice el recorrido a seguir y apunta en un papel las cagadas que voy haciendo, acto éste que desconcierta y despista una barbaridad. Intento, en la medida de lo posible, no prestar mucha atención a sus apuntes y al cabo de un rato me dice que aparque donde pueda. Sorpresivamente “sólo” he tenido 6 fallos leves, lo cual en un examen real significaría un aprobado, de modo que me siento más feliz que una perdiz y el resto de la hora de clase me la paso conduciendo como si en vez de en un coche estuviese en una nube.

Al día siguiente misma rutina. Vamos a otro “lugar de salida” y comenzamos el “examen”. Tras la experiencia del día anterior estoy tranquilo y confiado en que nada puede interponerse entre mí y un nuevo aprobado. 4 minutos y dos cruces puñeteros después Jesús me dice que pare, que ya estoy suspendido. Me comenta los fallos que he tenido y yo me bajo de mi nube y de nuevo paso del “qué bien conduzco y qué culito tengo” al “Uy, por esta pirula me vuelven a suspender.”

El resto de días hasta el examen seguimos haciendo pruebas por los itinerarios habituales, algunos días aprobando y otros, los más, no. Ya he recorrido las rutas más frecuentes y sobre todo, más o menos ya me conozco esos puntos negros que tanto gustan a los examinadores y en los que tanta gente suspende, como la calle los Herrán, la rotonda de América Latina, el cambio de sentido en la carretera de la Mercedes, los innumerables cruces de Ariznabarra o el barrio de Zaramaga, cuyo laberíntico trazado y angostas calzadas lo convierten en el premio gordo de los exámenes.

Por fin llegó el día del examen. Había quedado con Jesús y con la que ese día iba a ser mi compañera de fatigas a las 8 de la mañana en la autoescuela. Cuando llego mi compañera ya está allí. Es jovencita, unos 18 años, y está visiblemente nerviosa. Le saludo y me presento. Al poco llega Jesús. Ella se monta primero y yo me siento detrás. Arranca y poco a poco nos dirigimos hacia el lugar en el que debemos recoger al examinador. Como vamos bien de tiempo Jesús nos da una vuelta por Ariznabarra para que la muchacha practique un poco y se le pasen los nervios.

Cuando se acerca la hora nos dirigimos al punto de recogida del examinador. El hombre ya nos estaba esperando y no sé por qué pero se mete en el coche entre juramentos. Mal empezamos, pensé. Nos pide los DNIs y tras anotar unas cuantas cosas le dice a mi compañera que arranque cuando esté lista. Está amaneciendo y aunque la visibilidad es buena hay algo de niebla. Mi compañera arranca pero se le olvida poner las luces. Jesús, que está sentado justo delante del examinador, intenta con algún sutil gesto que mi compañera se percate de ello. Sin embargo ella está totalmente concentrada en lo suyo y no se da cuenta.

Mi compañera sigue conduciendo y aunque tanto Jesús como yo sabemos que está suspendida el examinador no le dice nada y le lleva bajo el túnel que da acceso al Boulevard. Cuando salimos de él, el examinador le dice que ya puede apagar las luces. Es en ese momento, al intentar apagarlas, cuando se da cuenta de que se le había olvidado darlas. Así que de ese modo tan poco elegante y por qué no decirlo, tan cabrón, el examinador le pide que pare el coche y le hace saber que está suspendida.

Llega mi turno. Estoy en medio de Zaramaga y detrás tengo un tío que me inspira menos confianza que Grosjean tomando una curva. Me siento, me pongo el cinto, coloco los retrovisores y ¡¡¡doy las luces!!! Me incorporo a la circulación y al poco tiempo salimos de Zaramaga, lo cual me alivia un poco. No hay mucho tráfico y de momento vamos por lugares conocidos. Portal de Legutiano, calle Francia, José Mardones, Judizmendi. De momento va todo bien, vamos por Jacinto Benavente y estoy tranquilo, conozco la zona. Sin embargo, de repente el examinador me indica que coja una carretera que va cuesta arriba y que jamás me había fijado que estaba allí.

Según voy subiendo me doy cuenta de que aunque no sé qué es lo que me voy a encontrar cuando llegue arriba del todo, seguro que va a ser una putada. Efectivamente, la calzada por la que subo es de dos carriles pero justo en el momento en el que llega arriba una nueva calle se une por la derecha convirtiendo el asunto en una bajada de cuatro carriles con una rotonda enorme a los 50 metros. Yo venía por el carril de la derecha de los dos que suben, el cual se convierte arriba en el tercero y, como no podía ser de otro modo, mi afable examinador me solicita que en la rotonda coja la primera salida, por lo que tengo que cruzar dos carriles en bajada antes de llegar al dichoso cruce. Por fortuna no viene nadie y puedo hacerlo, sin embargo soy consciente de que si algún coche llega a aparecer en ese momento posiblemente ahí se hubiese acabado mi examen.

Paso la rotonda y al poco tiempo me doy cuenta de que estamos entrando en Salburua. Damos un par de vueltas por allí y entramos en una de esas típicas calles de los nuevos barrios en las que no hay absolutamente nada. El examinador me dice que gire a la izquierda cuando pueda. Llega el cruce y me dispongo a hacerlo, sin embargo, un segundo antes de girar me doy cuenta de que en el suelo las flechas me indican que sólo puedo seguir de frente o girar a la derecha. Sigo de frente esperando encontrar una nueva oportunidad para girar a la izquierda, pero de repente me doy cuenta de que estoy en el Boulevar de Euskal Herria y que obligatoriamente debo ir a la derecha. Llego a una rotonda y el examinador no dice nada. Freno y le pregunto hacia dónde debo ir. Él no dice nada y se me queda mirando como las vacas al tren. Al rato me suelta: “Ah no sé, tú sabrás. Yo te he dicho antes que giraras a la izquierda”. Le explico que así iba a hacerlo pero que las flechas que había en el suelo no me lo permitían. Él me sigue mirando sin decir nada y al rato me dice que siga y me vuelve a llevar al mismo lugar.

Estamos en la misma calle que antes y me vuelve a decir que gire a la izquierda. Yo voy despacito, buscando de nuevo las señales de la carretera. Cuando me estoy acercando al cruce las veo y ahí están las dos flechas, de frente y hacia la derecha, ni rastro de un posible giro a la izquierda. Cada vez me pongo más nervioso porque no sé qué hacer y justo en el momento en que voy a pasar por encima de ellas veo que con una pintura diferente, y que por la acción del sol se reflejaba y se confundía con el firme de la carretera, aparece una flecha que me permite el giro a la izquierda.

Giro y el examinador me dice que aparque cuando pueda. Busco un lugar a la derecha, que es donde había hecho el 90% de los aparcamientos y estaciono el coche. El examinador me vuelve a preguntar por qué antes no había girado y yo le explico de nuevo que no había visto la flecha, a lo que el hombre empieza a comentarle a Jesús lo poco visibles y mal señalizadas que están algunas indicaciones en Salburúa. Acto seguido me dice un par de cosas de algún fallo que había tenido, le da un sobre a Jesús y se baja del coche sin decir nada más.

Jesús abre el sobre para ver si he aprobado o no. Breves momentos de tensión pero al final las noticias son buenas. Después de media hora dando vueltas por las calles de Vitoria estaba aprobado.

Ya mucho más tranquilo llevo el coche hacia la autoescuela. Allí le deseo suerte a mi compañera para la próxima vez, le doy las gracias y un abrazo a Jesús y me despido de ellos.

A los tres días vuelvo a la autoescuela para recoger el carnet provisional (un folio cutre como él solo) y la “L”. Después de un par de meses de aventuras y desventuras y tras una inversión de unos cuantos cientos de euros, ya estoy legalmente habilitado para conducir esas maquinitas de cuatro ruedas que abarrotan nuestras calles, eso sí, sin pasarme del límite de velocidad. Y es que en la conducción de vehículos, como en tantos otros aspectos de la vida, por mucho que tú te hayas preparado para manejar un vehículo que alcanza los 280 km/h, a la hora de la verdad no te permiten desarrollar ni la mitad de su potencial.

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[FIN]


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