El talento del escultor alavés Lorenzo Fernández de Viana Sáenz de Ugarte

Lorenzo Fernández de Viana Sáenz de Ugarte fue un gran escultor alavés, que trabajó en Estibaliz y en la Catedral Nueva

Lorenzo Fernández de Viana Sáenz de Ugarte fue un gran escultor alavés, que dejó numerosas obras en Álava. Nació en Lanciego en 1866 y murió en Bilbao en 1929. Marta Extramiana analiza en este relato el talento y el tesón de este escultor.

El sol se filtra entre las ramas produciendo caprichosos dibujos de luz y de sombra sobre el pelo del niño, sus hombros y la hierba a sus pies. Él no presta atención a los cambiantes dibujos, tiene la cabeza inclinada, los ojos fijos, la actitud reconcentrada. La navajita que su padre le regaló es pequeña, no tiene mucho filo, es casi un juguete.

Escultura autorretrato y pintura realizada por Pablo de Uranga

Pero él se empeña en devastar con ella el trozo de madera. Dentro hay un caballo y solo debe eliminar la materia que sobra. Alguien pasa por el camino cercano tarareando…”si a tu ventana llega…”, Lorenzo ni siquiera levanta la cabeza, sigue con la tarea un poco enfadado consigo mismo porque no está consiguiendo el resultado que esperaba. Demasiado tosco si lo compara con la imagen que tiene en la mente.

-Lorenzo, hijo. Ven a ayudarme. – Su padre le mira desde el camino sonriendo a través de su cansancio. Carga con los aperos de labranza y la exigua producción del día.

Su voz le saca del ensimismamiento. Una sonrisa amplia y un trotecillo alegre le llevan a su lado.

-¡Vaya, ¿Qué tenemos aquí?!

-Nada, está mal. – le muestra el rústico caballito con renuencia, casi avergonzado.

-Pues a mí me parece un caballito muy bien hecho. Seguro que a tu madre le encanta.

-Madre siempre dice que le gusta lo que tallo, aunque no esté bien. Algún día aprenderé y podrá decirlo de verdad.

-Ella lo dice de corazón, y yo también.

Logroño.

Nada más cruzar el umbral el sol le recibe con sus últimos fulgores. La calle está animada con los obreros que salen de sus trabajos y las lavanderas que vuelven con sus cestos. Estira los brazos y mueve el cuello, su cuerpo aún no se ha acostumbrado a pasar tantas horas inclinado sobre la talla, ni a la tensión de los músculos para aplicar la fuerza controlada que separe la cantidad correcta de material para hacer surgir el dibujo perfecto.

Pero es feliz, el trabajo en el taller de ebanistería le resulta gratificante. Es solo un aprendiz, un muchachito larguirucho y delgado a las órdenes de los maestros. Aprende deprisa, cada vez dejan en sus hábiles manos tallas de mayor complejidad. Está satisfecho y no lo está. Presiente que pronto se le quedarán cortas las enseñanzas. Confía en que el mismo giro de fortuna que hizo a sus padres emigrar a Logroño le permita viajar a otro lugar donde poder escalar cimas más altas.

Autor y busto del autor

Vitoria

Está un poco nervioso, por eso permanece en silencio un tanto rígido. Quiere aparentar tranquilidad, que está seguro de sí mismo. Pero sólo es un joven de 17 años en su primer día en la Academia de Bellas Artes de una ciudad nueva para él. Aquellas esculturas y bocetos le intimidan y al mismo tiempo, le llenan de optimismo. Desea tanto poder formarse, conseguir arrancar a la madera, a la piedra… las formas que duermen en su interior.

-¡Hola! Me llamo Ángel. – le saluda el joven que está a su lado tendiéndole la mano.

-Lorenzo, me llamo Lorenzo. – su tono de voz es tenso, un tanto envarado. Se arrepiente de ello. No quiere causar mala impresión. – Es mi primer día. – Espera que el otro entienda su estado de ánimo sin más explicaciones.

-Tranquilo, es un buen profesor. – dice señalando con la cabeza hacia un hombre mayor que está en el centro de la sala y añade con un guiño.- Si no haces el vago y escuchas sus explicaciones, claro. – y después con cierto orgullo. –Pero si sigues sus enseñanzas se pegaran para contratarte como ebanista.

Casi se le escapa un grito de protesta, ese podría ser el sueño de Ángel pero para él era una pesadilla. Él aspiraba a algo más.

Madrid

Después de unos años ganándose la vida como ebanista e intentando mejorar de una manera más o menos autodidacta, en Vitoria, al fin, le consideran un escultor. No sólo elogiaron su restauración de la Virgen de Estibaliz, también el crucificado y el Santo Domingo de Guzmán para la catedral de Santa María.

Probablemente por eso el Ayuntamiento le ha concedido esta beca-pensión, han reconocido su talento y le ayudan para seguir formándose. Ya no es un artesano, es un artista. Treinta y dos años, un porte espigado y elegante, el colchón material de la beca y la consciencia de su propia valía… un hombre seguro de sí mismo apeándose en la estación de Madrid. Tres segundos más tarde es un hombre abrumado por el bullicio. Respira hondo, toma su maleta y se dirige con decisión al encuentro de las tumultuosas calles de la capital. Aunque estén llenas de cafés y salas de espectáculos, no se va a dejar seducir.

Está aquí para estudiar en Academia de Bellas Artes de San Fernando, en el Círculo de Bellas Artes y para recibir las enseñanzas del prestigioso escultor realista Aniceto Marinas.

París

La exposición Universal de París de 1900 es impresionante, no sólo por la calidad y cantidad de objetos expuestos, ni por la diversidad de las arquitecturas… las gentes y trajes diversos, el babel de lenguas y olores…. le cuesta concentrarse en su objetivo. No es un viaje de placer propio de un diletante, se dice recriminándose después de haberse dejado llevar por el deseo de pasear sin rumbo por las instalaciones. Y dirige sus pasos al gran palacio para dedicarse al estudio de las esculturas expuestas.

–Vaya, que tarde es.- se dice o le dice a su reloj de bolsillo. Un bocado rápido y sin dejarse vencer de nuevo por la tentación se encamina a la Academia Julien.

Vitoria

-No, así no.- No quiere enfadarse, pero le cuesta contenerse. – Debes controlar la mano, la fuerza, la dirección…deja que el material te hable.

No es de los mejores alumnos, la mayoría demuestra bastante talento o por lo menos maestría, este no es de esos. Suspira con resignación al ver la cara de incomprensión del chaval. Lorenzo compagina su trabajo como escultor en las obras de la catedral con el de profesor de modelado y talla en la escuela creada por el Obispado en la calle Vicente Goicoechea. Le gusta ayudar a formarse a otros, es como dar agua el sediento. Así se había sentido él durante muchos años, ávido de saber. Normalmente le llena de satisfacción. A veces, las menos, le parece una pérdida de tiempo. Esta era una de ellas.

Quizás también influía el hecho de que hubiera discutido otra vez con Apraiz. Tampoco es que no tuviera desacuerdos con Luque y con el mismísimo Obispo. Llevaba un año trabajando en las obras y la cosa no iba mejorando, al contrario. Se le escapó un bufido, dio la clase por terminada y se marchó. Afortunadamente hoy había quedado con su buen amigo Pablo Uranga. Habían decidido retratarse el uno al otro durante el proceso creativo, una idea que le ayudó a disipar el malestar.

Sin embargo, por el camino seguía rezongando para sus adentros. A sus 44 años era un escultor respetable, había vuelto a París en 1906 para seguir formándose, su taller (cuya ubicación había ido variando: Arquillos, cuesta del resbaladero y calle Santiago) era frecuentado por numerosos artistas y admiradores, había conseguido menciones honoríficas en las ediciones de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de Madrid de 1904 y 1906, y tercera medalla en la convocatoria de 1908 con la escultura Job, su estatua del coronel Felipe Dugiols y Balanzategi había sido muy elogiada, así como el proyecto para el monumento a Olaguibel, el San Prudencio para la basílica de Armentia, el San Antonio para la iglesia de San Pedro, y tantas otras…bustos, esculturas de bulto redondo, relieves… ¡y ahora venían aquellos a decirle como hacer su trabajo!. Mejor no pensar en ello.

-¡Lorenzo, entra amigo mío! – una cara amistosa y un tono alegre. – ¿Preparado para trabajar?

-¡Ardo en deseos!

-¡Pues disfrutemos y penemos! ¡Que así es el trabajo del artista!.

Argentina

Desde la cubierta ve alejarse la costa del país que le acogió durante cuatro años. Llegó con la bruma de la decepción. Dejó el testigo de su talento en esculturas y relieves de la Catedral Nueva de Vitoria, pero se lo llevó consigo a ultramar harto de que lo minusvaloraran.

No sus conciudadanos, sino los directores de la obra, quizás tampoco fuera eso… quizás tan solo tenían visiones diferentes y quizás también él mostró poca flexibilidad….quizás si…. Una reflexión propia de un hombre viejo, se dijo. Pero sus cincuenta años aún no le pesaban demasiado. En Argentina había trabajado mucho, tímpanos, frisos, relieves, medallas…pero era hora de volver a casa. Su amada tierra vasca.

Bilbao

Viernes santo, parece una premonición, se dice. Se sienta y contempla la obra de sus manos. Un cristo crucificado de caoba encargado por don Antonio González Martínez de Olaguibel, director de la Gaceta del Norte de Bilbao.

-Ya está terminado…, como yo.-

Está cansado, lleva tiempo sintiéndose mal, 63 años como una losa. Lleva trece años residiendo en Bilbao y ha realizado abundante obra religiosa, mucha de temática vasca, Gorularija, Abendea, La vuelta de la romería o Layadores,…, retratos de políticos, intelectuales, artistas, familiares y amigos, escudos, alegorías, relieves, placas, medallas e imágenes y grupos de todo tipo… se recuerda intentando animarse. Todo ello permanecerá cuando se haya ido. Y escultura funeraria, relieves y esculturas que ornan panteones y capillas…. en el cementerio de Bilbao y en de Vitoria, allí donde sospecha que muy pronto irán a parar sus huesos.

No vio el año siguiente, murió el 16 de diciembre de 1929. En 1939 se cumplió su voluntad de ser inhumado junto a su esposa en el panteón número 20 de la calle Virgen Blanca del cementerio de Santa Isabel de Vitoria-Gasteiz. En grande la escultura de la Virgen de Estibaliz que él mismo había realizado. Rodeado de otras obras suyas como el panteón de Zulueta, el de los Beiztegui, de los Perez de Arrilucea…. Ahí yace un hombre cuyo talento y constancia convirtieron en un gran escultor.

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