Elvira Arias de la Llave ‘Una vitoriana’: Escritora de versos y autora del primer best-seller culinario

Elvira Arias de la Llave: “Una vitoriana”. Escritora de versos y autora del primer best-seller culinario.
Vitoriana de adopción (así firmaba sus obras), escritora de coplillas, mujer de mundo,…

Junto con su esposo, el ilustre catedrático Julián Apraiz Sáenz del Burgo, viajó a París, Ámsterdam, Londres,… visitó las exposiciones Universales de 1888 en Barcelona y 1889 en París. Nos legó un recetario de cocina (1912) que además de ser uno de los primeros de nuestra tierra alcanzó las 60 reediciones.

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  • Relato de Elvira Arias, por Marta Extramiana:

La estación de ferrocarril es muy joven, casi una niña. Ha nacido de la mano del ingeniero francés C. A. Letourneur en 1862 y todos los vitorianos acudieron al bautizo. No es muy grande, pero se siente muy orgullosa de su modernidad y disfruta con el ir y venir de viajeros, comparte su excitación, sus lágrimas de despedida y los abrazos de reencuentro.

Estación de Tren de Vitoria. 1920

Estación de Tren de Vitoria. 1920 (Archivo Municipal)

Tan niña que toda novedad enciende su curiosidad y sus miedos. Cada vez que llega o parte un tren le sofoca el humo, le aturde el ruido y tiene que esforzarse para poder distinguir entre el bullicio a sus conocidos. A veces se fija en algún forastero que desciende deprisa y se pierde en sus entrañas para atravesarla con un cosquilleo ansioso en dirección a la calle de la Estación, como poseído por la necesidad acuciante de entrar en la ciudad. Suele preguntarse quién le espera, cuál es el motivo de su prisa: negocios, amor,…

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Aquella tarde reconoce el rostro de Agustín de la Llave, Intendente de la Provincia de Álava, Inspector General de la Hacienda Pública, Intendente Gobernador y Subdelegado de ventas de la provincia de Cantabria además de escritor aficionado. Un hombre importante, había asistido a su inauguración con las autoridades. Normalmente un hombre bienhumorado, pero desde que en aquel cercano febrero de 1867 había perdido a su mujer, Doña Paula González de Otazu, le notaba sombrío.

Sin embargo hoy parece feliz. No lleva equipaje, así que deduce que está esperando a alguien y no es el viaje lo que le emociona. Se pregunta quién es capaz de devolverle la sonrisa con su llegada. Un pitido lejano le anuncia que no tardará mucho en saberlo. En cuanto se despeja el humo con los últimos chirridos metálicos distingue a una niña descendiendo con cara compungida por las escalerillas del tren y al ilustre señor de la Llave dirigiéndose hacia ella con una gran sonrisa.

-«¡Elvirita!», Le oye exclamar.

elvira ariasAsí que aquella niña de aire triste es la pequeña Elvira, su nieta, se dice. Entonces el muchacho serio que baja tras ella es sin duda el otro nieto, César. Ve bajar junto a ellos a una mujer enlutada. Al principio no la reconoce, de no ser por la efusiva bienvenida de Don Agustín no habría imaginado que aquella mujer con los ojos hinchados y porte cabizbajo es su hija, Dolores.

Espera ver descender al yerno, Don Clemente Arias, catedrático y secretario del Congreso de Diputados de Madrid, pero después de los abrazos recogen en equipaje y se van. El brazalete negro en el brazo de los niños le dice que nunca más verá a Don Clemente bajar de un tren.

  • 1871

El sol muerde rabiosamente aquel día de agosto de 1871 y todos se apretujan bajo la protección de su alero. Sus voces alegres le resuenan dentro con ecos de enhorabuenas, consejos y recomendaciones afectuosas y un tanto melindrosas. Elvira está muy guapa, sigue pareciendo una niña vestida de mujer aunque sea una recién casada. Una quinceañera del brazo de su flamante marido de 23 años. Lo conoce bien: Julián Apraiz Sáenz del Burgo, un muchacho serio y un tanto enfermizo.

Uno de esos estudiantes que, mientras esperan en el andén el tren que les llevará a su centro de estudios, aprovechan para estudiar. Siempre le ha observado con cariño. Una dama comenta con otra, un tanto alejada de los novios, lo breve del noviazgo. Seis meses solamente. No sabe cuál es el tiempo adecuado, normalmente se entera de estos asuntos cuando los novios acuden a la estación para iniciar el viaje de novios.

Elvira y Julián partirán hacia San Sebastián, Burdeos y Biarritz. No son lugares que ella conozca y obviamente tampoco llegará a conocerlos pero ha escuchado muchos comentarios y todos son más que positivos. Ciudades hermosas, modernas y el mar. Ella ha nacido en Vitoria y nunca podrá moverse, no puede siquiera imaginar que es eso, aunque por lo oído debe ser impresionante.

Quizás tampoco Elvira, al haber nacido en Madrid, conozca el mar. Se fija más en ella. Tiene los ojos brillantes, la sonrisa amplia y se le nota nerviosa. Buen viaje, querida Elvira. Lástima que no pueda oírla.

  • 1872

Un guirigay alegre acompaña la vuelta de los veraneantes ajenos a los horrores de la segunda guerra carlista en 1872. Ha pasado un año desde que la vio regresar por primera vez envuelta en olor a mar. Ahora ha cambiado, y no solo porque está embarazadísima, también es su porte de dama elegante y segura. Julián tiene el aspecto de un erudito, no en vano es profesor de la Universidad de Vitoria, miembro del ateneo y conferenciante. Hacen una bonita pareja, ojala todo les vaya bien…

Al año siguiente los ve partir hacia Santander. El rostro serio de Julián certifica lo que ha oído en retazos de conversaciones. La Universidad de Vitoria ha desaparecido, sus dolencias han aumentado… Elvira lleva en brazos a la pequeña Rosario y vuelve a estar embarazada, antes de desaparecer en el interior del vagón le dirige una mirada triste. Quizás no es a ella, sino a la ciudad que deja atrás o a los sueños de prosperidad de la fallida universidad.

  • 1876

Tres largos años de soledad, ningún tren llegó ni partió, el andén vacío, ningún rumor de voces cosquilleó sus huecos. Pero ayer se llenó de ruido y de hombres afanosos. Le colgaron banderas y coronas, barrieron y lustraron y hoy un gentío se aprieta junto a ella esperando la llegada del tren que anuncia el restablecimiento de la circulación de trenes acabada la guerra. Casi le oprime sentirse de nuevo inundada de humanidad.

A pesar del frío de aquel enero de 1876 el calor de la vida le saca abruptamente de su letargo y saluda a sus conocidos. Cómo ha cambiado el señor alcalde, como que es otro… y la señora tal ha engordado y cómo ha envejecido el señor cual,… y ahí esta Elvira otra vez embarazada, y cómo ha crecido Rosario, ¿y ese pequeñajo de ojillos risueños?…

–Julianito, mira por ahí viene el tren- le dice su padre.

El señor Apraiz tiene más arrugas, los sinsabores de aspirar a una plaza académica. El tren se acerca despacio, engalanado como ella, las banderolas ondeando al viento… solo ella se da cuenta, alguien ha olvidado subir el estribo, pegará con el mástil de la entrada… ¡Quiere gritar, avisar del peligro! El mástil parece caer despacio sobre la gente congregada, da la impresión de que la mayoría se aparta a tiempo. El pequeño Julián está sobre el andén, un flujo rojo resbalando de su cabeza. Los gritos de Elvira retumban en sus cimientos.

Elvira está pálida y como ausente, no se vuelve a mirarla cuando sube al tren. «No me odies», suplica la estación. Rosario, el recién nacido Saturnino y el señor Apraiz se alejan con ella hacia Salamanca.

Sus temores no se confirman, vuelve a ver a Elvira. Regresa a la ciudad pero además la familia demuestra su afición viajera en multitud de ocasiones. París, Londres, Roma, Ámsterdam, Barcelona, Madrid, Alicante, San Sebastián, Biarritz, Soria, Burgos, Valladolid, Madrid,… Le encanta ver a toda la familia.

La mayor, Rosario, siempre cargada con útiles de pintura, no en vano estudia con Ignacio Díaz de Olano. El aplicado Saturnino, Ramón Julián a quien más tarde verá convertirse en un afamado arquitecto, Félix futuro científico y Miguel, a todos ellos les verá crecer ida y vuelta de sus centros de estudio fuera de Vitoria.

A Odón dejará de verlo en 1882 y a María Blanca en 1889, ambos con 3 años. Pero sobre todo echará de menos a Elvirita, tan hermosa y tan frágil… tantas veces había tomado el tren con sus padres con la esperanza de encontrar una cura al final de las vías, ciudades que prometían una solución, y volver con una sombra de resignada frustración. 16 años y desapareció del paisaje.

Pero antes de eso ve el resplandor de las maravillas de la modernidad brillando en los ojos de Elvira a su vuelta de las exposiciones universales de 1888 y 1889, le oye comentar su admiración por los monumentos y gastronomía romana, los cielos de los países bajos,… tantos viajes, tantas voces,.. Ella, que nunca podría viajar, amaba el viaje. Gracias Elvira por traerme esos ecos.

  • 1910

Su reloj marca las cinco, 22 de marzo de 1910. Elvira lleva un vestido negro, está muy seria y muy quieta mientras sacan el ataúd del vagón. Ella ya había notado que Julián estaba cada vez más enfermo aunque no esperaba que su regreso fuera así. En silencio la atraviesan para subirlo en un coche fúnebre camino del cementerio de Santa Isabel. Animo querida, le susurra muy bajito.

Casi nunca mira hacía la ciudad, prefiere perderse en la infinitud de las vías, atisbar el próximo tren… aquel día es diferente, no es simplemente un acontecimiento especial, también le afecta a ella. A partir de 1911 ya no será más “su” calle, se llamará calle Dato. Observa con cierto desdén la alegría de la gente que lo celebra, se siente un tanto ninguneada aunque enseguida se deja arrastrar por la curiosidad.

¿Es esa Rosario Apraiz? ¡Qué guapa y qué mayor!. Y al lado está Elvira, tan elegante… ¿Qué le estarán diciendo esas damas?. Se esfuerza por escucharlas.

– Querida, escribe usted unos versos con mucho gracejo- le dice una.

– Modestas coplillas – contesta Elvira con una sonrisa que trasluce su orgullo.

– Señora Apraiz, por Dios, deme usted la receta del risotto que degustamos el otro día en su casa, estaba delicioso. – Exclama otra y la primera se apresura a añadir:

– ¿Y cuando no? Debería usted escribírnoslas todas.

La máquina se acerca de nuevo y le arranca un trozo de pared que cae con un crujido de huesos rotos. Ella deja esperar un suspiro quejoso y se tambalea. 1934, la están demoliendo para construir otra estación más moderna, más grande… su tiempo ha pasado. Suspenden el trabajo para almorzar. Uno de ellos abre una tartera.

– Vaya, eso huele bien. – comenta un compañero.

– Desde que mi esposa se compró el libro de recetas de la señora de Apraiz da gusto.

Hablan de Elvira, piensa. Supo de su muerte en 1922, oyó a mucha gente comentar y lamentar su pérdida y ahora su recuerdo le acompaña en sus últimos momentos. Tu libro hará que te recuerden querida Elvira, pero ¿Quién me recordará a mí?.

1931 – Libro de Cocina – AR… by on Scribd

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