Advertisement
Advertisement

Elvira Zulueta: una mujer que dejó huella con sus donaciones

20 noviembre, 2021

Elvira Zulueta Ruiz de Gámiz (Vitoria-Gasteiz 1871 -1917 Vitoria-Gasteiz). Esta mujer dejó huella en la ciudad, dispuesta a limpiar sus pecados, y los de su padre. Marta Extramiana se pone en su piel en este relato sobre su vida. Hoy me siento mejor, tanto que incluso tengo fuerzas para poder sentarme junto a la ventana. […]

Elvira Zulueta Ruiz de Gámiz (Vitoria-Gasteiz 1871 -1917 Vitoria-Gasteiz). Esta mujer dejó huella en la ciudad, dispuesta a limpiar sus pecados, y los de su padre. Marta Extramiana se pone en su piel en este relato sobre su vida.

Hoy me siento mejor, tanto que incluso tengo fuerzas para poder sentarme junto a la ventana. Es un día ventoso y algo gris, propio de finales de septiembre. Desde aquí veo la magnífica verja de entrada que separa nuestro jardín del paseo de Fray Francisco. ¡Cuánto se ha hermoseado esta zona en unos pocos años!, ¡qué edificios tan bellos se han construido!

Pero nuestro hogar es sin duda la obra más bella. Cinco años llevamos con su construcción y ornato, y aún faltan algunos detalles. Este mismo año se han terminado los trabajos de ebanistería de la capilla y el hall. Pero ha merecido la pena… quiera Dios que la disfrutemos muchos años.

palacio de Elvira Zulueta

Palacio de Elvira Zulueta y su marido

Hay ratos en los que se me va la cabeza y se me llena de imágenes dispersas de tiempo atrás. Recuerdos. Algunos más vagos y otros nítidos como si lo estuviera viviendo de nuevo.

Yo nací el 27 de julio de 1871 en Vitoria y no tengo memoria de ello. Al parecer, mi primera y breve residencia fue la casa de mi abuela y a ella volvimos cada vez que regresamos a Vitoria mientras mi padre vivió. No tuvimos una casa propia en esta ciudad hasta que volvimos definitivamente en 1882.

Mi madre, Juana María, había nacido en Betoño en 1841, era hija de la hermana mayor de mi padre, Florentina Zulueta Amondo y de Juan Pablo Ruiz de Gámiz Fernández de Retana. Era el tercer matrimonio de mi padre Julián y se casaron en la Habana. La primera esposa de mi padre fue Francisca de Samá Mota, de ella son hijos mis hermanastros: Josefa, Salvador, Eduardo y Ernesto. Luego se desposó con mi tía Juliana, a la que evidentemente no conocí, hermana de mi madre.

De ella es hijo Julián, que aunque tengamos los mismos apellidos no tenemos la misma madre. Amalia, Alfredo, Adolfo y Luis son mis hermanos mayores (de padre y madre) y Enrique que nació después que yo. Bueno, tengo más hermanastros, pero no los he llegado a conocer porque yo no había nacido cuando murieron. Julián, Santiago y Emilia (hija de mi tía). Si soy sincera con los hijos del primer matrimonio nunca me he sentido muy unida… ¡era tanta la diferencia de edad!. Además, mis hermanos mayores ya empezaban a tomar parte en los negocios de nuestro padre y no se dedicaban a entretener a los pequeños.

Tampoco es que durara mucho la relación que tuve con Amalia, porque murió cuando tenía catorce años y yo ocho. Aunque la recuerdo muy bien. Me parecía tan mayor y tan guapa… la seguía por todas partes. Nos llevamos una buena reprimenda, sobre todo ella, una tarde que nos escapamos y fuimos solas a ver a los esclavos trabajando en los campos del ingenio Álava. Tendría yo unos cinco o seis años. Nos pillaron en seguida y desde entonces MaCarlota no nos quitaba la vista de encima y no nos dejaba apenas salir de la casa, solo al jardín que la rodeaba. Siempre me impresionó su brillante sonrisa, reluciendo tan blanca sobre la piel negra.

Me parecía una mujer enorme, aunque supongo que no lo era. Tenía un voz como salida de las entrañas pero muy musical, un ritmo lento y dulce. Muchas veces se le ponía la mirada triste y yo le preguntaba en que pensaba, “cosas ca arañan po la cabesa”, me decía. Cuando ya era una anciana un día me contestó con sinceridad. Me habló de pérdidas y de dolores, lloramos. Sentí mucho su muerte. Como sentí la de mi hermana y tantas otras…

Apenas tengo memoria del nacimiento de mi hermano pequeño, me faltaban algo más de dos meses para cumplir los dos años. Una vaga sensación de haber dejado de ser el centro de atención, sobre todo por parte de mi madre. El servicio de nuestra casa de La Habana estaba lo suficientemente bien nutrido para que no me faltaran cuidados, pero tuve que compartir más a mi madre.

Cuando Josefa se casó en Madrid con Francisco de Paula Romero Robledo, un político muy relevante, yo tenía cuatro años. Le habían otorgado a mi padre el título de Marqués de Álava, distinción que se unía a las otras muchas ya concedidas y que le llenaban de orgullo. Estuvimos mucho tiempo, o al menos eso me pareció a mi corta edad. Vivíamos en una gran casa en pleno centro de Madrid, cerca de la Puerta del Sol.

Había mucho ir y venir de personas, al parecer muy importantes, a las que en ocasiones era fugazmente presentada aunque la mayoría de las veces permanecía apartada. Conversaciones serias sobre política y negocios, los niños a jugar donde no molesten, a pasear con el aya o merendar al comedor pequeño. Ni siquiera estaba segura de sí mi padre estaba en casa o había hecho un viaje a Barcelona por algún negocio con los parientes de su primera esposa. Al fin en noviembre de 1876 embarcamos rumbo a Cuba desde el puerto de Santander. Fue agradable volver a un lugar más caluroso.

Mi padre estaba siempre muy ocupado. En su despacho en casa, en sus almacenes, en sus ingenios azucareros, en el círculo de empresarios, en la alcaldía,… porque además de hacendado y comerciante fue alcalde y en 1876 le nombraron senador vitalicio por Álava y padre de la provincia…. A él no le veía mucho, en cambio no recuerdo un día en el que no pasara un buen rato con mi madre. En la Habana teníamos una gran casa haciendo esquina con la calle San Ignacio y Empedrado, en la plaza de la Catedral.

Tenía un patio muy bonito, un traspatio y en la fachada un balcón de hierro corrido en ángulo al que me encantaba asomarme para ver el bullicio de la plaza. Teníamos un piano en la antesala, un comedor con siete esculturas de mármol, un montón de carruajes,… creo que aún conservo unas tazas de la magnífica vajilla de porcelana francesa con las iniciales JZ. Constaba de un servicio completo para 150 comensales pero se han ido desperdigando, rompiendo y perdiendo… las tengo porque me recuerdan a mi madre. Creo que cuando él murió nos unimos aún más… incluso a veces, quizás me resultaba un tanto agobiante. Su presencia constante dirigiendo mi vida… ¡la echo tanto de menos!.

Mi padre sufrió una caída del caballo en la población de Colón visitando su hacienda y enseguida lo trasladaron a nuestra casa en La Habana. Se formó un gran revuelo, todo un ir y venir de médicos y de criados y mi madre presa de gran preocupación rezando sin parar. Sin embargo nadie pensó que revistiera tanta gravedad. Murió el 4 de mayo de 1878, yo tenía 7 años y lloré mucho, más por lo asustada que estaba que por otra cosa.

El cortejo funerario fue tan impresionante que aún lo tengo tan vivido como si lo estuviera viendo. Batallones militares, cuerpos de policía, bandas de música, coro y orquesta parroquial, coches fúnebres y tanta gente que parecía que toda la ciudad formaba parte de aquel desfile. Luego los días de duelo, los temas de herencia, los repartos, las decisiones… tampoco es que me pidieran opinión.

Unos pocos años después partimos por última vez hacia Vitoria. En 1882 embarcamos en el vapor “Alfonso XII” junto con el cadáver de mi padre. Aquí fue enterrado en la capilla recién construida en el cementerio de Santa Isabel y nosotras pasamos a residir en una hermosa casa en el Portal de Barrenas, ahora calle Independencia con Fueros. Tenía miradores y balcones y estaba dotada de todas las comodidades. Mis hermanos iban y venían ocupados en sus negocios en España y Cuba.

Casa de la Marquesa de Álava

Casa de la Marquesa de Álava

Mi madre, mi tía Luisa Ruiz de Gámiz y yo éramos las constantes habitantes, dedicadas a obras pías y a la oración. Aunque también dábamos largos paseos y viajábamos de vez en cuando por España o al extranjero. El viaje a los Santos Lugares me resultó muy emocionante y todavía me parece sentir los olores y el brillo del sol. Mi madre se volcó en la caridad, creó una escuela en Anúcita, pueblo del que era originario mi padre, arreglos en la iglesia de ese mismo pueblo y otras fundaciones piadosas.

En esa casa viví de los 11 a los 34 años hasta que me casé con Ricardo Augustin Ortega en una ceremonia íntima en la casa de mi madre. Ricardo era un hombre apuesto y con una muy buena posición económica. Abogado, miembro del partido conservador, miembro de distintas asociaciones y promotor inmobiliario. Durante un tiempo vivimos en casa de mi madre, luego nos trasladamos al Paseo de la Senda 3 y por fin, una vez construido, a nuestro precioso palacio.

Mi hermano Julián se había hecho construir una hermosa casa en la calle San Antonio esquina Florida por el arquitecto Fausto Iñiguez de Betolaza en 1894. Alfredo en 1903 construyó la suya en el Paseo de la Senda con diseño del mismo arquitecto. Adolfo compró la casa Zuloaga en el mismo Paseo, la que había hecho el arquitecto Julio Saracibar. Nosotros elegimos a Julián Apraiz y Javier Luque para diseñar nuestro hogar.

"Quiero limpiar mis pecados... y los de mi padre

La muerte de mi hermano Julián fue un duro golpe, perdí luego a mi adorada madre, Salvador y Eduardo y Maria Josefa ya se habían ido… Menos mal que me queda Alfredo, tengo que añadirlo como albacea, también a mi rector y confesor… y Ricardo mi heredero universal, pero que cumpla mis mandas testamentarios. Quiero limpiar mis pecados… y los de mi padre, porque los de los padres caen sobre los hijos. Dinero manchado con el sudor y la sangre de los esclavos. Pero yo era muy niña… mi madre decía que las cosas eran como eran, no había nada malo en ello, no se pueden cambiar las cosas. Es como es.

Pero el dinero puede emplearse para obras pías, para mayor gloria de Dios. A veces me avergüenzo del lujo de esta casa… no, ¡Es tan hermosa! Siempre he vivido en el lujo, mi confesor me consuela, dice que la riqueza no es mala, siempre que no se olvide la caridad y las donaciones. Mi padre fue un gran hombre. Levantó de la nada un imperio, nunca olvidó su tierra…. Esta enfermedad hace que me dé vueltas la cabeza. Incluso llego a preguntarme… mi marido es cuatro años más joven y es muy apuesto. Ahora está muy ocupado con los chalets que está construyendo en el Paseo Fray Francisco, del Prado y Camino de Castilla. Una gran obra, embellecerá nuestra ciudad… está muy ilusionado. Le lleva mucho tiempo. A veces me siento sola.

Y aquí estoy, enferma y abatida. Aunque breve, nuestra vida en común ha sido agradable. Hemos hecho numerosos viajes, Roma, Madrid… acabamos de regresar de Málaga donde Ricardo enfermó. Ya está recuperado y ahora soy yo la que se ve postrada en cama. Parece que estoy mejor… pero no lo sé. Se me están acabando las fuerzas, he pedido que venga mi abogado para hacer unas últimas disposiciones. Mi confesor viene todos los días… Ojala pudiera disfrutar de está mansión, de la compañía de Ricardo… tengo en mente unas donaciones…. Quiero creer que sanaré y sin embargo… Estoy ya demasiado cansada, voy a llamar para que me ayuden a acostarme.

Las huellas de Elvira

El 23 de septiembre de 1917 murió Elvira Zulueta, tenía 46 años. Solo pudo habitar el fastuoso palacio durante un año. La capilla ardiente se instaló allí mismo y de allí partió hacia el cementerio de Santa Isabel, a la capilla donde ya reposaba su padre. El cortejo funerario fue espectacular, asilados del hospicio con hachones, 40 capellanes, los obispos de Ciudad real y Orihuela, cientos de personas…

El día antes de su muerte realizó unas últimas disposiciones y adiciones en su testamento. Gracias a sus generosas donaciones se realizó el nuevo Seminario (casi se pagó en su totalidad con su aportación), viviendas para el clero, arqueta de reliquias, corona para la Virgen de Estibaliz, donaciones para la Procesión de los Faroles (pendones, faroles)…

Elvira y sus hermanos realizaron muchas donaciones a Vitoria

La urbanización y construcción de chalets de su esposo, unido a su prematura muerte, hizo que el consistorio decidiera dar su nombre a una de las calles creadas. Son muchas las huellas de Elvira y de sus hermanos

Además de sus donaciones, el palacio de Elvira es sede del Museo de Bellas Artes, en la casa de Alfredo estuvo la fundación Sancho el Sabio. Podemos leer su nombre en la procesión de los faroles, las casas de su madre y de su hermano Julián fueron derribadas pero la cripta panteón de Julián está aún en el cementerio, cerca de la capilla de su padre, las casas y la calle de Elvira Zulueta…. incluso cuando el propio Julián Zulueta Amondo no dejó obra visible de su propia mano ,la huella de sus hijos e hijas en la ciudad está muy presente… la herencia Zulueta.

Los restos de Elvira fueron trasladados en 1942 a la capilla de cristo rey del Seminario Diocesano. Su esposo comparte el lugar de reposo desde 1965, un sepulcro neogótico de mármol de carrara decorado con 13 figuras de santos vinculados a Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Tiene una lápida cuya inscripción dice así: Aquí yacen los ilustres bienhechores de este Seminario, D. Ricardo Augustin y Ortega, Conde de Dávila y su esposa Doña Elvira Zulueta Ruiz de Gámiz, suplican una oración por sus almas. RIP.