"Cuando me llamó mamá, algo hizo 'clic' y nos acercamos más"

15 junio, 2024

Marta e Isabel son dos madres de acogida y Maialen, una joven que encontró un nuevo hogar. Esta es su historia

"Mamá, ¡mira!". Es una llamada muy habitual en calles, parques y casas de cualquier lugar. Pero no para Marta, que se deleita mirando cómo una pequeña de casi 10 años le enseña sus figuras hechas con globos.

Esta gipuzkoana de 50 años es madre soltera de acogida desde hace unos 18 meses, cuando hizo realidad un deseo latente. En este tiempo ha habido altibajos, claro, pero ahora ella y Paula (nombre ficticio) viven un momento dulce, se sienten madre e hija y así lo transmiten. "Cuando me llamó mamá, algo hizo 'clic' y nos acercamos más. Construimos y fortalecimos los lazos", confirma.

Decisión en secreto y vértigo

Fue hace 14 años cuando Marta aterrizó en Vitoria-Gasteiz en una nueva etapa laboral. En ella escuchó a un compañero hablar del acogimiento familiar y razonar que "había muchos niños en el mundo que necesitan ser cuidados". Esa idea se le grabó en la mente, aunque su dedicación profesional retrasó la puesta en marcha.

familias de acogida vitoria

Hasta la pandemia. Más tiempo libre y de reflexión la animaron a dar el paso. Creía que al no tener pareja le pondrían alguna traba. En absoluto. Tras un curso, entrevistas psicológicas y varios trámites, la llamaron. Había una niña en un piso de acogida a la que podía cuidar y amar.

Era el momento de la verdad, y Marta no lo había hablado con nadie: "Lo llevé en secreto. A mis padres les dejé caer algo para tantear, nada serio. Creo que hice bien, porque te pueden llegar ideas externas que no sabes si aportan o no".

"Las primeras semanas es complicado. Pero ya ha saltado la chispa, tenemos esa conexión"

Fue el turno del vértigo y el "tembleque". "No sabes cómo va a ser la niña", justifica. En su primer encuentro, la pequeña "se me abalanzó y me dio un abrazo. Fue precioso". Con su casa aclimatada a una menor, llegó la convivencia.

"Las primeras semanas es complicado. Hay que entender que van a vivir con alguien desconocido. Ella no comía, no dormía... Pasó una época revuelta, de portarse mal. Y yo también estaba muy tensionada, a lo mejor... Veía que invadía mi vida y no es algo que puedas dejar de lado", confiesa.

Aprendizaje mutuo

Pero siguieron adelante. Prueba y error. "Te vienen comentarios, oyes consejos sobre cosas, te dejas influir en cómo actuar y, cuando actúas según lo que has oído, es un desastre", advierte Marta. En su caso, hizo un aprendizaje sobre ser madre "de 0 a 100" en pocos meses.

Paula la "educó" sobre cómo organizar algunas rutinas de baño, comidas y paga. Marta la cuida, la apoya, le marca horarios y límites y, sobre todo, la quiere. "La evolución en año y medio es muy importante. Ha saltado la chispa. Es como mi hija y ella me llama mamá. Tenemos esa conexión", sonríe.

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No perdonan su rato de mimos nocturnos. Aunque Paula está "más tranquila y segura", aún "demanda mucho cariño". Marta tiene "chispitas en los ojos". "Me ha aportado un montón. Es un efecto espejo, a través de ella me he ido descubriendo y enfrentando a mí misma", sostiene.

Marta conoce a la familia biológica de la pequeña de las visitas establecidas. No sabe qué ocurrirá en el futuro pero, por ahora, disfruta con Paula del presente.

Una sobrina que es como una hija

Más claro lo tiene Isabel, de 36 años. Sabe que su sobrina Irina, a la que acogió en su casa hace dos años, no se marchará. Tampoco dudó en traerla a su hogar en Santa Cruz de Campezo, en cuyo Ayuntamiento trabaja a media jornada. Y eso que, cuando empezó el proceso, su hijo pequeño tenía apenas 11 días.

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Ahora con 3 años, llama "tata" a Irina que, a punto de cumplir los 9, se siente feliz en su nuevo hogar. "Ella entró en un centro de acogida y dije que no, que la sacaran. No podía dejarla allí. Queríamos que estuviera con su familia", sostiene Isabel.

Sus padres, que viven en Zamora, cuidan de un hermano de Irina y de otro nieto al que acogieron con 2 meses. "Para ellos era más complicado, al tener a dos ya. Y nos ofrecimos nosotros. Tardó un año en venir, porque estaba en un centro zamorano", narra. Un cambio en la vida de esta familia, que de repente se convirtió en numerosa con 5 integrantes.

"La gente se coge un perro, pues un niño te va a dar más alegría. Y, lo que le des, lo vas a recibir"

Para la pequeña, el cambio no fue traumático. "Ella ya había pasado veranos en Campezo y, como esto es un pueblo, en el cole y la gente ya la conocían", agradece Isabel. Ve a su sobrina feliz. "Crece sin miedos. Le encanta estudiar y todo, ¿sabes cómo habla ya euskera? Es una más", sonríe.

Acoger en casa y en el corazón

Con su hermana, la madre de Irina, no tiene contacto. La pequeña tampoco la ve apenas, salvo alguna llamada telefónica ocasional. "Sabe que soy su tía, pero me llama mamá", reconoce una Isabel que hace malabares: "Entre el trabajo, los niños, la casa...".

Aun así, volvería a hacerlo. Sin dudarlo. "Acogerles es hacerles un hueco en tu casa y tu corazón. Son niños que tienen muchos miedos, vienen con una mochila muy grande, y necesitan cariño y ayuda", detalla.

"Yo animo a todo el mundo. Aunque sea para unas semanas o meses. Que el tiempo que estén, que sean niños. Ahora la gente se coge un perro, pues un niño te va a dar más alegría. Y, lo que le des, lo vas a recibir", invita. "De no tener nada, según de qué familia desestructura venga, a tenerlo todo: un abrazo, un beso, un regalo...", anima.

"Son mi familia 100% de sangre"

Todo eso, y más, es lo que ha recibido Maialen la mayoría de sus 21 años. Con apenas 2, una pareja vitoriana la acogió en su casa. También a sus dos hermanos. Y no ha conocido otra familia. "No tengo recuerdos de mi otra madre. Tan solo alguna foto de las visitas que mantuvimos hasta los 6 años", reconoce.

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No lo lamenta. "Desde el primer momento he sentido a mis padres de acogida como mi familia, no he sentido diferencia ninguna", apunta. Tanto es así que Maialen y su hermano pequeño aún viven en casa con ellos. El mayor ya se ha independizado con la novia.

No importa que en los registros figure otro apellido. Es su hija y, por extensión, su nieta, sobrina y demás. "Los siento 100% de sangre", garantiza. Y, como tal, no duda en poner en práctica con ellos sus formación en Hostelería: "En casa cocino alguna vez, aunque mi hermano dice que está algo crudo", confiesa con buen humor.

Su futuro inmediato pasa por su reciente trabajo, donde continúa tras hacer las prácticas. Y por acceder a una plaza en el curso superior de Cocina en la Escuela de Hostelería de Mendizorrotza. Ilusión que espera celebrar, como siempre, con su familia.