• Carlos Imbert (París, Francia 1814 – 1870 Vitoria-Gasteiz). Músico, dibujante, pintor, matemático, escultor y profesor.
  • Daría Imbert Aranguren (1846 Vitoria-Gasteiz – 1938 Vitoria-Gasteiz). Dibujante, pintora y profesora. La primera mujer en impartir clases en la Academia de Bellas Artes de Vitoria (1866).
  • Salvador Azpiazu Imbert (1867 Vitoria-Gasteiz – 1927 Madrid). Dibujante, ilustrador y fotógrafo.

Relato de la vida de estas tres personas de la mano de Marta Extramiana:

  • 1870, Cementerio de Santa Isabel, calle San Pedro, número 86

Florea mayo, los arboles huelen a brotes nuevos, los pájaros insultan mi dolor con sus voces y revoloteos, exultantes de alegría de vivir. Mi madre, Cándida Aranguren, llora despacio, en silencio, sus lágrimas resbalan como si formaran parte del rocío primaveral. Mi hijo, Salvador, se aferra a mi mano.

Se lo he explicado, nunca más volverás a ver a tu abuelo, no en esta vida. Dentro de tres meses cumplirá tres años, por eso creo que aún no comprende la pérdida. Sigue con la vista una mariposa, sé que desearía correr tras ella, no lo hace. A pesar de su edad entiende que no debe hacerlo. Que su padre, Joaquín Azpiazu, está serio y lúgubre, que su madre y su abuela están tristes y abatidas.

Pero sé que aún no alcanza a comprender que mañana no podrá ver a su abuelo trabajando en sus dibujos, no le oirá tararear, no escuchará sus historias… ¿Guardará en su memoria aquellos momentos? ¿Mi padre vive en mí como vivirá en mi hijo?. Forma parte de mí, sus enseñanzas, su estimulo, su confianza en mis méritos… porque mi padre creía en mí y peleó por que los demás reconocieran mi valía…

Y ahí está otra vez, no puedo contener mi dolor y se me escapa un suspiro que es un sollozo. Mi esposo me abraza con suavidad, es un abrazo exento de pasión, pleno de compresión y cariño que me conforta. Mi hijo no entiende pero llora, quizás contagiado de nuestra tristeza.

Mi padre vino de París y trajo su talento a esta ciudad de Vitoria. No solo como destacado profesor de talla, dibujo y mecánica en la Academia de Bellas Artes sino con las múltiples obras escultóricas y proyectos. Las estatuas del General Don Ricardo de Álava y de Don Prudencio Maria de Verástegui que están delante del Palacio de la Diputación, el magnífico panteón de los Velasco-Cuesta en este mismo cementerio, el proyecto para el monumento de los astrónomos con motivo del eclipse de 1860, su extraordinaria restauración del teatro principal en 1857…. serán memoria de su saber hacer. Se recordará su labor como músico, dirigiendo la banda de banda de artesanos y obreros y dando clases en la academia gratuita de música.

monumeno astronomos eclipse

Proyecto de monumento a los astrónomos por el eclipse

Y quizás se hablará de su pericia como matemático y mecánico, aunque no se desarrolló su máquina de movimiento continuo, ni tuvieron en cuenta sus estudios sobre la cuadratura del círculo, eso no importa, era un auténtico genio.

Guio mis primeros pasos en la vida y en arte, estudié en la escuela de Bellas Artes, que había admitido a las primeras alumnas femeninas en 1840, y yo misma impartí clases allí, no solo a niñas sino también a alumnos varones. Aún recuerdo lo nerviosa que estaba cuando la junta juzgaba la solicitud de mi padre para que yo fuese su sustituta, ni siquiera podía pedirlo yo personalmente. Ninguna mujer había ostentando ese cargo, sin embargo valoraron mis cualidades por encima de otros candidatos masculinos y me convertí en la primera profesora de dicha academia. Mi orgullo se reflejaba en los ojos mi padre.

Aunque la tierra lo cubra, su obra permanece.

  • 1927, Cementerio de Santa Isabel, calle San Pedro, número 86

Nieva despacio, como si los pequeños y esponjosos copos se derramaran blandamente desde un cielo blanquecino. Soy una anciana que no esperaba enterrar a su hijo. ¿Por qué estoy aquí?, en el octubre pasado cumplí ochenta años, el agosto pasado mi hijo cumplió cincuenta y nueve, ¿Por qué estoy aquí?, debería ser él quien llore ante mi tumba. En mis huesos, el frío de enero se mezcla con el frío de la vejez y mi alma se congela. Salvador, tan brillante, tanto por hacer aún… un golpe súbito y se le rompió el futuro.

Me dolió que sintiera tan joven el impulso de viajar, residió en París, Barcelona y Madrid, donde trabajó como ilustrador de éxito y su labor como ingeniero topógrafo para el Ministerio de Agricultura le permitió viajar por toda la península ibérica. Desde que era pequeño supe que la sed de sus ojos no se saciaría permaneciendo a mi lado en esta ciudad, me dolió pero yo misma le animé a seguir su sueño. Anduvo por el mundo con su cuaderno de dibujo y su cámara.

Retratando paisajes y costumbres, arquitecturas y tipos humanos, ora un rincón pintoresco, ora un majestuoso castillo… aristócratas y mendigos, labradores y burgueses, fiestas y romerías… aunque siempre volvía a mí y a su ciudad, en navidad y en las fiestas de la Blanca, una cita con sus raíces y su gente a la que nunca faltó. Para mí era un momento mágico, recuperaba a mi hijo y me traía el aroma del mundo. Con él, con sus relatos, me veía al borde del Sena a punto de embarcar en una barquichuela con unos alegres bañistas o en un balcón de Marchena rodeada de mujeres con peineta y hombres en traje andaluz.

Se le llenaban los ojos de imágenes y la boca de músicas distintas cuando me describía lo que había vivido, un dibujante con alma de poeta. En sus ausencias, además de las cartas, yo atesoraba sus ilustraciones, publicadas en L’Univers illustré (Francia), Estrella de la Torratxa (Cataluña) La Ilustración Artística y La Esfera (ambas de Madrid). Me imaginaba a su lado, captando un fugaz pasar de tafetán en una callejuela, el bullicio de un mercado…

Todos esos momentos atrapados en sus dibujos y acuarelas, congelados por su cámara, le sobrevivirán ahora que la parca ha cegado sus ojos y ha congelado sus manos, pero ninguna flor nueva surgirá de su magia, ningún rincón mágico, ninguna escena cotidiana desde una perspectiva nueva…. no solo yo he perdido. Ahora espero poder disfrutar de la publicación de su último trabajo: 121 ilustraciones en el libro La Bendita Tierra, con textos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Me aferro a ello, como a un último beso.

  • 2015. Cementerio de Santa Isabel, calle San Pedro, número 86

Me detengo, una placa delante de un panteón. Una familia de artistas, leo. Tres breves biografías recuerdan que este es el lugar de reposo de Carlos Imbert, Daría Imbert y Salvador Azpiazu Imbert. Me fijo en la mujer, murió con noventa y un años, extremadamente longeva para esa época. Me sorprende que se la señale como artista en un tiempo en que las mujeres no solían tener el acceso fácil a la educación y menos a ejercer una profesión liberal. La primera mujer profesora de la academia de Bellas Artes, ahí es nada. Una adelantada.

Le doy las gracias, sin ella y las que fueron como ella yo no podría hacer lo que hago. Gracias Daría, digo en voz alta, a ti y a todos y todas las que te apoyaron.

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