Josefa Esquibel: cuando ser liberal implicaba ser ‘afrancesado’

Maria Antonia Xabiera Bernarda Simona de Roxas Juana Nepomucena Josefa Esquibel Nabarrete. Conocida como una “liberal exaltada”, también podría llamarse una mujer de principios, amante de la libertad y de la cultura. 1778-02-02 Vitoria-Gasteiz 1849-08-07.

¡Presa! ¡Arrojada a un calabozo!… pero no iba a renegar de sus ideas. No estaba a favor de la ocupación francesa, desde luego. Sin embargo eso no significa que estuviera dispuesta a aceptar la vuelta al absolutismo, el retorno de la inquisición,…

Ella creía en la libertad, en el intercambio de ideas, en la ciencia y el arte. Para eso se reunían en su casa, para debatir con libertad, para disfrutar de la cultura sin la losa del oscurantismo. Eso debían agradecerlo a los nuevos aires traídos por los hijos de la revolución. Y bien, si eso era ser afrancesada, ella lo era. Si lo pensaba bien, quizás los que le acusaban de traición tuvieran razón y fuera culpable… culpable de preferir las ideas de sus enemigos, culpable de preferir la libertad y la razón, culpable de querer salir de la oscuridad y la opresión.

No era la única que había sido encarcelada por ese motivo. Muchos amigos y conocidos estaban allí. Genaro María de Gámiz, Casimiro Javier y Ramón María de Urrechu y Díaz del Carpio, Jose María de Eguia y Aguirre, marqués de Narros, Valentín González Chavarri,… y seguían llegando detenidos. Hombres o mujeres, jóvenes o viejos,… Hacía tan solo unos días que se había reunido con muchos de ellos en los elegantes salones del palacio de Legarda en la calle Zapatería y ahora de nuevo compartían habitaciones, aunque muy distintas. Un oscuro, lóbrego y hediondo lugar al que había sido empujada la Ilustración, gracias a la actitud becerril del pueblo cegado por las soflamas medievales y el revanchismo.

Y aún tenían que agradecer que la sacaran de noche de su casa y la encerraran, con el pretexto de salvarla de un linchamiento. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que llegaría el día que se avergonzara de su amada ciudad. Los sucesos del 12 de febrero de 1814 serían para siempre motivo de vergüenza para Vitoria.

Por lo que le habían dicho, todo había comenzado con el ataque a Marcial González de Viñaspre, sin embargo sabía que antes, los más reaccionarios, envidiosos y vengativos, ya se habían encargado de calentar los ánimos de sus conciudadanos. Gracias a Dios parecía que aún quedaban mentes lucidas y personas razonables y justas para impedir las tropelías de aquellos enajenados, o por lo menos para intentarlo. Como el arriesgado alguacil que defendió a Viñaspre, Julián Rezabal, o las autoridades que pretendían poner fin a los desmanes. O quizás no. Quizás todo acabara en un baño de sangre, en uno de esos actos de fe impregnados del olor a carne quemada de los disidentes que tantos parecían añorar. Eso pensaba mientras veía como las protestas del alcalde, cuando era encerrado sin miramientos, no encontraron respuesta.

Les llegaban los ecos de gritos en la noche, lamentos y peticiones de clemencia confundidas con encendidas proclamas: ¡Viva el Papa! ¡Muerte a los afrancesados! ¡Viva la inquisición! ¡Muerte a los traidores! ¡Viva Fernando VII!… ¿Cómo podían vitorear a un rey así? ¿Cómo podían desear que volviera en Santo Oficio, que se amordazara la libertad?

Toda la noche en vela, temiendo y esperando la llegada de una horda deseosa de sangre, oyendo las voces de sus compañeros. Una mezcla de llantos, improperios, llamadas a la justicia, miedo, desesperación e indignación. Se hincó de rodillas sobre la maloliente paja, junto sus manos y rezó. Confusas plegarias y recriminaciones mezcladas con el recuerdo de aquellos que estaban en peligro. Tantos amigos y parientes, tantos buenos ciudadanos desconocidos que ahora estaban al capricho de aquellos fanáticos. Afortunadamente su padre no estaba en Vitoria y no tuvo que ver cómo apedreaban su palacio y sacaban a su hija de allí por la fuerza. Aquellas sucias piedras manchadas de odio que ofendían a las más nobles y antiguas piedras que cobijaron su niñez.

Esperaba que sus hijos, Benito y Demetria, siguieran a salvo. Su marido, Antonio Fernández de Navarrete y Ximenez de Tejada, seguía en Ábalos, como era habitual. Prefería su pueblo natal y cada vez era más difícil sacarle de allí. Tampoco lo lamentaba. No era un mal hombre, al contrario. Un erudito, un escritor, un amante de la historia, de las ciencias… y un compañero que no ponía objeciones a sus inquietudes culturales, sus tertulias y su libertad. No podía decir lo mismo de muchos otros. Era 29 años mayor que ella, cuando se casaron el 29 de diciembre de 1798 aún le pareció un hombre bastante atractivo, pero cada vez se hacía más evidente la diferencia de edad.

Nunca se había considerado una gran belleza, pero tampoco era de las que pasan desapercibidas. Y tenía estilo, y gracia… y desde luego carácter. Eso era lo que habían dicho desde su infancia, sobre todo cuando disentía de la opción liberal más moderada de su familia. Nunca se había suavizado en ese aspecto y no iba a hacerlo ahora. Decidió no dejarse amedrentar, si tenía que morir lo haría con dignidad, si sobrevivía a esta locura no cambiara ni un ápice ni sus ideas ni su conducta. No iban a obligarle a bajar la cabeza.

Alboreaba y nuevos detenidos pasaban a engrosar las filas de los represaliados. Caras amigas, otros solo conocidos de vista, algunos magullados o heridos… todos aterrorizados. Un día largo y doloroso. Un panadero de origen francés, Tournan, llegó contando que estaba vivo de milagro, gracias a la actuación de un soldado portugués. Desgraciadamente este último se vio obligado a disparar sobre un compatriota para defenderlo. Un humilde panadero abrazado y consolado por un marqués, hermanos en la desgracia. ¿No iba a terminar aquella locura?

Fernando VII abolió la Constitución, restauró la Inquisición y se inició la persecución política

Acabaron aquellos días horribles pero le sucedieron otros. Fernando VII abolió la constitución, reinstauró la Inquisición, se inició una persecución política que afectó incluso a los liberales más moderados. Muchos de los llamados héroes de la Independencia fueron encarcelados y castigados. Su propio primo, Miguel, el General Álava, fue arrestado y desposeído. Aunque ante el escándalo provocado se le devolvieron títulos y honores.

Pero era evidente que la luz de la razón y la libertad estaba siendo aplastada. Se cerraron periódicos se prohibieron debates, libros… sin embargo Antonia siguió celebrando reuniones en su casa, siguió fiel a sus ideas. Su esposo falleció en 1830 en Ábalos y ella continuó viviendo en Vitoria y continuaron sus tertulias. Murió de un accidente apopléjico en 1849. Fue enterrada en el cementerio de Santa Isabel, en la calle Santa María número 60. No es un monumento grandioso, no están reseñados en él sus luchas ni sus ideales. Sin embargo, al pasar junto a él no puedo evitar saludarla con respeto. ¡Que la tierra te sea leve hermana!

Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. carla dice:

    Muy bonito reportaje

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