Las víctimas de Juan Díaz de Garayo, ‘El Sacamantecas’

Marta Extramiana recuerda en este relato a las víctimas de Juan Díaz de Garayo, conocido como ‘Sacamantecas’. Lo hace desde el punto de vista de alguien que estuvo muy cerca de Díaz de Garayo. Viajamos al siglo XIX de la mano del carcelero de la Cárcel de Vitoria:

carcel calle franciaTodavía hay gente que me pregunta por él, y eso que han pasado unos cuantos años. Tampoco me extraña, aquello nos marcó a todos. Nunca nos habíamos enfrentado a algo así. Se decía que un demonio de ojos rojos recorría nuestros campos castigando a las mujeres licenciosas. Siempre me pareció una tontería, pero es cierto que cuando le conocí me decepcionó encontrarme ante un hombre tan vulgar.

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Es cierto que alguna de sus víctimas comerciaban con su cuerpo, pero para algunas mujeres ese es el único medio de poder llevarse el pan a la boca. Y no lo digo por decir, que yo conocía personalmente a “La Valdegoviesa”, Melitona Segura González de Betolaza. Tenía 39 años cuando le arrancó la vida el 2 de abril de 1870. Y no era una mala mujer, ¡no señor! Tenía que apechugar con las cartas que le había repartido la vida y no era una buena baza.

Su hombre en prisión, sin dinero, sin saber un oficio y con bocas que alimentar tampoco es que tuviera muchas opciones. No era mala gente, que si estaba en su mano ayudaba a las vecinas y aunque fuera un poco descarada también rebosaba simpatía. ¡Pobre mujer!

Cuando me enteré que la habían encontrado en el rio Errekatxiki… la había estrangulado, desnudado y terminado de ahogar en el riachuelo… se me heló la sangre. Dos días después la enterramos, en la sección 4 de la fosa común del cementerio de Santa Isabel, Dios la tenga en su gloria.

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Y aquello fue el principio de un horror que nos fue encogiendo el corazón…

Al año siguiente, el 13 de marzo, apareció el cadáver de Agueda Sabando Horao “La Riojana” con la cara hinchada y ensangrentada, y señales de haber sido estrangulada. A esa solo la conocía de vista, aunque alguna vez había cruzado alguna palabra con ella cuando la mujer andaba mendigando. Pobre, viuda, sin recursos… Descansa en la sección 9 de la fosa común del cementerio de Santa Isabel.

En agosto de 1872 tuvimos dos nuevas víctimas. La primera el día 21: Antonia Berrosteguieta. Trece primaveras cuando apareció violada y estrangulada en el camino de Gamarra Menor hacia Vitoria, la cesta para hacer la compra junto a ella.

La segunda el 29: María Campos “La morena”. Asesinada a los 22 años, estrangulada y con su horquilla de pelo clavada en el corazón. Ambas reposan en la sección 13 de la fosa común del cementerio de Santa Isabel. A veces me pregunto si caminaron de la mano ante las puertas de San Pedro, con la cabeza alta y exigiendo justicia.

En agosto de 1873 agredió a una mujer que se dedicaba al comercio carnal pero la llegada de unos soldados de guardia en el Polvorín evitó que la asesinara. En junio del siguiente año intentó violar a una mendiga, afortunadamente sus gritos alertaron a unas vecinas y tuvo que huir. Sin embargo, la mujer no quiso denunciarle aunque le reconoció. Dijo que estaba ebrio, que tenía fama de labrador honrado… quizás tuvo miedo de acabar siendo ella la acusada, una mendiga señalando a un hombre cabal. Quién sabe.

Juan Díaz de Garayo El SacamantecasLa que sí le denunció fue Ángela Armentia, molinera de las Trianas. Declaró que el 1 de noviembre de 1878 Juan Díaz de Garayo la atacó e intento violarla, pero que consiguió zafarse y huir. Le condenaron a pena de arresto mayor y estuvo dos meses en la cárcel. Esa fue la primera vez que le vi. Muchas veces he intentado recordar aquellos días… una pena menor, un hombre como tantos otros… Ni por un momento pensé que fuera el autor de tamañas atrocidades.

En agosto del año siguiente volvió a atacar a una mujer.

En la carretera de Castilla agredió a una mujer mayor, ésta forcejeó y le propinó una patada en el bajo vientre que le permitió huir. La siguió hasta su casa para saber dónde vivía. Cuando le oí contarlo no pude evitar pensar en el terror que tuvo que sentir esa mujer, perseguida por su atacante hasta la puerta de su casa.

Él lo justificaba diciendo que quería evitar que le denunciara y volver a la cárcel. Yo solo podía pensar en esa anciana incapaz de serenarse, pasando la noche en vela, vigilando su calle… Supongo que sentiría alivio al recibir la visita de la última esposa de Díaz de Garayo, Juana Ibisate. Ella le ofreció 20 pesetas para que lo olvidara, asegurándole que su marido se iba de la ciudad a las minas de Somorrostro en Vizcaya.

Pero regresó…

El 7 de septiembre de ese mismo año, por el camino de Amurrio. En las carboneras de Ordumbre (Ayurdín), en Zaitegui, a 15 Km de Vitoria se encontró con María Dolores García de Cortazar Unzueta. Aquel aparentemente inofensivo labriego le hizo proposiciones sexuales, llegó a ofrecerle dinero… ante sus constantes y vehementes negativas sacó una navaja. La mató de varias puñaladas en el pecho y la violó. Tres días más tarde María Dolores fue enterrada en la Parroquia de la Asunción de Zaitegui.

Al día siguiente, en el camino de Gamarra a Araca, Manuela Audicana, de 52 años, regresaba a su pueblo, Nafarrete, cuando se topó con Díaz de Garayo. Ella había ido a Vitoria con motivo de las ferias y él caminó con ella. Quizás incluso se alegró de tener compañía después de todo lo que se oía por ahí de un asesino demoníaco.

Alguien le había dicho que las mujeres quedaban para ir juntas por las calles y caminos, ya no solo era peligroso andar sola de noche… y este labriego no era un hombre joven y desde luego carecía de todo atractivo, pero tenía las manos callosas de un trabajador. Seguro que, antes que miedo, sentiría sorpresa cuando le exigió que le diera todo su dinero.

Aunque enseguida se sentiría aterrorizada cuando vio su torba expresión al decirle que no tenía ningún dinero, cuando se lanzó sobre ella violentamente y le ató el delantal a cuello y la arrastró… cuando le abrió el vientre y le sacó un riñón con sus propias manos….

Solo recordar con qué frialdad lo relataba Díaz de Garayo desde la celda aún me provoca nauseas. Después, contaba, se comió un panecillo francés que llevaba Manuela porque tenía hambre, dejó al lado del cadáver el resto de la compra de la mujer, una docena de tomates, bacalao,…al lado del riñón que le había arrancado y se marchó a Alegría a trabajar como labrador contratado. Manuela fue inhumada en la sección 19 de la fosa común del cementerio de Santa Isabel.

A los trece días volvió a Vitoria a por ropa y fue arrestado por el alguacil Pío Fernández de Pinedo y conducido inmediatamente a la cárcel.

Esa fue la segunda vez que lo vi.

Trabajando como carcelero he visto criminales de todos los tipos, maleantes, rateros, ladrones y asesinos… gentes empujadas por la marea de la vida y gentes de mala entraña, pero este hombre fue un caso aparte. No parecía un tipo peligroso, era educado, despierto, ahorrativo y discreto… al principio llegue a sentir cierta simpatía por él.

Sobre todo durante los 12 días que se mantuvo callado, luego no podía creer que hubiera confesado… Sin embargo al empezar sus conversaciones con el doctor ese de Madrid, el doctor Ezquerdo recuerdo que se llamaba,…

Solo oí retazos, pero veía cómo relataba aquellas atrocidades sin una muestra de arrepentimiento y después seguía con las rutinas diarias. Comía con apetito, dormía sin pesadillas, me saludaba con educación, me hablaba de trivialidades… “Hoy está el tiempo más húmedo,… no necesito otro cabo de vela, aún me queda…”.

Según algunos era un loco, yo no soy un experto pero cuando le ajusticiaron el 11 de mayo de 1881, que Dios me perdone, me alegré al pensar: El monstruo ha muerto, sus víctimas han obtenido justicia.

Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. donpinpon dice:

    cara de tarado si tenia el gachon .

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