Loreto de Arriola: “Viuda del General Álava, así me han presentado”

14 agosto, 2021

Loreto Arriola y Esquivel fue la viuda del General Álava

Marta Extramiana recorre en este relato la vida de Loreto Arriola y Esquivel, viuda del General Álava. Nació en Vitoria-Gasteiz en 1785 y murió en la misma ciudad en 1870. Un relato en primera persona ficcionado por la escritora.

Loreto Arriola y Esquivel, viuda del General Álava, así me han presentado. Antes añadían a mi nombre “esposa de Miguel Ricardo de Álava”, y antes “prometida del señor Álava Esquivel”. Realmente no recuerdo ninguna presentación en que mi nombre no estuviera seguido de una coletilla semejante. No sé si es un título que me da honorabilidad, una explicación de mi presencia en el mundo o si significa que mi nombre, por sí mismo, no es suficiente para representarme.

Mi madre, María Leonarda de Esquivel, también llevó la apostilla “señora de Arriola”, como yo la de “hija de Javier Arriola” y en ocasiones la de “nieta de los marqueses de Legarda”.

No es que me moleste, estoy orgullosa de mis ancestros y a Miguel lo quise y admiré muchísimo, desgraciadamente casi siempre en la distancia. Pero pensándolo ahora, después de haberle perdido definitivamente, es curioso como mi nombre se acompaña siempre del de Miguel y sin embargo, ¡qué poco me ha acompañado su presencia física!

No me interpreten mal, nunca se lo recriminé ni lo hago ahora. Vivimos una época difícil, y Miguel actuó como debía. Mi esposo fue un joven serio, recto, cabal, juicioso y responsable que aprovechó notablemente sus estudios en el Real Seminario Patriótico Bascongado de Bergara e ingresó muy pronto en el ejército siguiendo la tradición familiar… y fueron tiempos de guerras y revueltas.

No crean ustedes que nuestro compromiso fue simplemente una cuestión de unión entre familias o que fueron solamente sus muchas virtudes de carácter las que me conquistaron. Tendrían que haberlo visto ustedes con su uniforme de oficial de la marina, alto, espigado, con su nariz recta y sus ojos tranquilos…¡un héroe griego me parecía a mí! Y al final no fue una comparación desacertada, Ulises y yo su Penélope, esperando su vuelta una y otra vez.

No negaré que le extrañaba, que las noches son frías, que fue fuente de preocupación saberlo de batalla en batalla, conocer que había sido herido, imaginarlo agotado y hambriento… Pero a todo se acostumbra una y lo cotidiano te absorbe la cabeza, ¡qué un patrimonio como el nuestro no se maneja solo… y hay que hacer y deshacer y tomar decisiones!. Ya sé que otras mujeres dejan estos asuntos en manos de administradores, pero nunca se me han dado mal las cuentas, ni las letras, en asuntos prácticos soy muy eficiente y Miguel confiaba en mí… por nada en el mundo hubiera querido yo decepcionarle. No solo cuidé de nuestra casa y de nuestro patrimonio, sino que lo multipliqué. Me lo reconoció públicamente en su testamento, dejándome como única heredera universal y especificando, contra la costumbre, que no necesitaba tutor que me vigilase porque había demostrado mi capacidad y mi buen juicio. Lo que yo hiciera, bien hecho estaba.

¡Ay, mi querido Miguel, qué felices podríamos haber sido! Pero no me quejo, en absoluto… no me quejo. He tenido el honor de ser la esposa de un gran hombre, recto, honrado, consecuente, leal y valiente, que hizo grandes cosas y cambió la historia.

Muy joven viajó con su tío a Filipinas, participó en sitios y batallas, y en la de Trafalgar, que ha sido una de las más sonadas de este siglo, fue ascendido a capitán por su valor. También dicen que la de Waterloo se recordará mucho tiempo y allí estuvo mi Miguel. Aunque para nosotros la batalla de Vitoria será la más memorable, si no hubiera sido por él nuestra hermosa ciudad hubiera sido saqueada… las tropas “libertadoras” no se habían mostrado muy diferentes del enemigo más feroz en otras ciudades. Mi, entonces, futuro esposo se preocupó de cerrarla y protegerla. Bastante habíamos sufrido manteniendo a las tropas francesas para que se nos llevaran lo poco que quedaba. Porque supongo que sabrán ustedes que tuvimos que soportar años de ocupación, en los que tuvimos que alojar, dar de comer y aguantar a las tropas de Napoleón.

Y eso que al principio los teníamos como aliados… además que a muchos tampoco nos parecía una mala idea que nos barrieran las ideas viejas, el oscurantismo y el absolutismo. Miguel estuvo en Bayona, lleno de entusiasmo asistió al nacimiento de nuestra primera constitución. Pero la esperanza se volvió cenizas, Napoleón no quería darnos libertades sino devorarnos. Por las bravas hubimos de jurarle lealtad a José Bonaparte en Álava, y mi Miguel, que siempre había sido de ideas liberales, se tragó la hiel y se marchó a Madrid a luchar contra los franceses. Y yo me quedé compuesta y sin novio, como suele decirse. Porque ya nos íbamos a casar y tuve que esperar cinco años para volver a verle.

Desde el balcón, después de la batalla de Vitoria, lo vi venir montado en su caballo, más moreno de piel y más delgado, pero con el mismo porte elegante sin ser altivo. Le acompañaba un hombre que nunca terminó de caerme en gracia, aunque se convirtió en un gran amigo de mi esposo y no puedo negar que, al menos en mi presencia, fue todo caballerosidad y buenas maneras. Es posible que sea porque lo asocio a las ausencias de Miguel, casi pasó más tiempo con él que conmigo… no, he dicho que voy a ser sincera: el general Arthur Wellesley, duque de Wellington, siempre me pareció demasiado pagado de sí mismo, un tanto prepotente y un mucho inmoderado. ¡Ea, ya lo he dicho!, que esto me lo había callado mucho tiempo para no disgustar a Miguel y ya era hora de escupirlo.

Lo dicho, que hasta el 22 de noviembre de 1813 no pudimos casarnos en la iglesia Parroquial de Santa María, previa dispensa eclesiástica porque éramos primos carnales. Se fue enseguida a seguir luchando, y acabada la guerra le nombraron embajador en la corte Holandesa pero antes de irse le detuvieron, bajos cargos falsos naturalmente. Cuando salió de prisión, recuperado su buen nombre, estuvo de embajador británico, en los países bajos… estando en comisión en París se enteró de la vuelta de Napoleón y vuelta a la guerra. Al fin, en julio de 1819 volvió a Vitoria.

Sus múltiples heridas, las penurias y privaciones le pasaron factura. Enfermo y agotado lo tuve de nuevo a mi lado. Creía que ya no se separaría de mí cuando rechazó la embajada de París, fui una ilusa. No se puede retener a un hombre así, su sentido del deber le obligó a aceptar nuevos cargos… y luego el exilio. Así le pagó Fernando VII que le devolviera la corona, a él y a otros muchos, exiliados y represaliados. Miguel se fue a Inglaterra y aunque es cierto que le tengo que agradecer a Wellington que me lo cuidara muy bien durante tres años, el clima inglés mermó aún más su salud.

En 1826 hice las maletas nerviosa como una chiquilla, y como me estoy sincerando les voy a reconocer a ustedes que también estaba asustada. No es que hubiera dejado de quererlo, pero iba al encuentro de quien era prácticamente un desconocido. Nos escribíamos, conocía o creía conocer su alma, sin embargo no puedo negar que albergaba serias dudas. En mis cartas también había lagunas, cosas que no se cuentan por parecer nimias o por pudor o por no ensombrecer una relación en la distancia… ¿con quién iba a reunirme en Tours? ¿Se habría recuperado de su herida en la ingle, esa que le impedía ser capaz de procrear? ¿Le habrían cambiado los gustos y modales los años de guerra o el exilio británico? …

Afortunadamente seguía siendo el hombre del que me enamoré, pero más cansado, más enfermo, más decepcionado, más escéptico, más serio… ósea, era el mismo y no lo era… o lo era y por primera vez lo conocía en convivencia.

Fueron continuos los viajes a balnearios buscando un poco de alivio a sus muchas dolencias y viejas heridas. Llevamos una existencia sosegada hasta que volvimos en 1834 y otra vez me quedé sola. Se fue a Madrid y luego embajador en Londres, después en Francia, de nuevo en Londres… hasta que en 1843 volvió a casa con la salud arruinada. Casi no le reconozco de lo desmejorado que estaba. Fuimos al balneario de Baregés a ver si encontraba alivio, pero él ya sabía que no daba para más. Murió en julio de ese año. Cerca de Baregés, en el cementerio del pueblo de Betpouey, lo despedí por última vez y yo pasé a ser la viuda del general.

De eso hace ya unos cuantos años, pero no me tengan lástima, que no me quejo de mi vida aunque quizás hubiera podido ser mejor. Pero cada uno juega con las cartas que le tocan, y a Miguel y a mí nos tocaron tiempos de guerra. Sin embargo, desde la cuna he gozado de los privilegios de mi posición, he recibido una educación y siempre he gozado del respeto de mis conciudadanos. Supongo que sobre todo por la consideración que le tenían a mi marido, aunque más de uno ha sabido reconocerme la valía en los negocios y la administración y el ser una mujer cultivada de trato agradable. Y si bien ahora me ven como una anciana, he sido una mujer agraciada y de buen porte. He querido ser discreta, y también me he obligado a serlo.

He sabido hacerme valer sin llamar la atención. Y esto puede que les sorprenda (si no hubiera prometido ser absolutamente sincera no se lo confesaría): He sido feliz con mi independencia, no he tenido que dar cuentas ni a un marido, ni a un hijo, ni a un hermano. Un privilegio del que pocas han disfrutado. He ido y venido, he hecho y deshecho, según mi juicio y sin dar explicaciones. Mi esposo siempre, y normalmente desde lejos, me ha dado su aquiescencia aun antes de que obrara y sin conocer detalles ni causas, confiando en mí ciegamente. Tampoco le he dado motivos para no hacerlo, ni he dado pábulo a las habladurías. Soy y he sido la Señora Arriola de Álava. Y si como parece, Dios sigue dándome salud por muchos años, seguiré cuidando de mí y de mi hacienda según mis deseos.

Cuando me llamen al seno de la Gloria desearía que mis huesos reposaran junto a los de él. (Estoy segura que algún día así ha de ser, aunque no creo que lo vean mis ojos… les costará a las autoridades traer sus restos.) Uno al lado del otro, en el hermoso cementerio de Santa Isabel, reunidos al fin para toda la eternidad. Rezo para que así sea y les pido a ustedes que lo lleven a cabo.

Y ahora, si me disculpan ustedes, tengo asuntos que atender y personas que visitar. Cuando recuerden ustedes los azarosos años que viví y la batalla que tomó el nombre de nuestra ciudad, tengan en cuenta que mi esposo la salvó del saqueo y que yo estuve toda la vida apoyándole e intentando que Vitoria fuera mejor y más hermosa, no me vean tan solo como una sombra detrás de un hombre ilustre. Porque aunque sea un título que me llene de orgullo: Soy y fui algo más que la esposa del General.

4 comentarios. ¿Quieres agregar algo?:

  1. Lorena dice:

    He disfrutado mucho con la lectura de este artículo. La primera persona, un acierto!

  2. Citizen dice:

    Gran artículo! He disfrutado mucho leyéndolo.

  3. Edurne dice:

    Felicidades a Marta Extramiana por su resumen en primera persona de la viuda del General ´´Alava. Me ha parecido que daría para una novela.

  4. Julio dice:

    Magnífico artículo. Siempre el mayor respeto para nuestro héroe, el General Álava, y otro tan grande para su señora esposa, Dña. Loreto Arriola.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  Acepto la política de privacidad