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Manuel Sáez de Quejana: las coplas del secretario municipal y "esquivador de deudores"

Marta Extramiana repasa la vida del poeta Manuel Sáez de Quejana, un servidor público que terminó sus días en el manicomio

Manuel Saéz de Quejana González del Pozo. Vitoria-Gasteiz 1854 – 1921 Santa Agueda (Guipuzcoa). Poeta, intelectual, trabajador concienzudo, cuchipandero, esquivador de deudores y secretario del Ayuntamiento.

“…ocurrente, original, extraño en ocasiones, meditabundo con frecuencia, misántropo por temporadas o circunstancialmente, prendado de las bromas y cuchipandas entre amigos, recto y severo, aunque no fuese más que de cara, en el cumplir de sus obligaciones, graciosísimo siempre, Manolo, como le llamábamos, era un meditativo, un filósofo del vivir, un desengañado de él y de sus miserias, un ironista…que veía lo trágico y lo cómico de la existencia….”

El Ateneo de Vitoria está abarrotado, apenas he conseguido acomodarme en un exiguo hueco, eso sí, cerca de la tribuna. Sin embargo, no he podido hacerme con un asiento, aun cuando solicitara a los discretos camareros que me acercaran una silla no hay espacio ni tan siquiera para una banqueta. Al principio esta molestia me ha producido fastidio, ahora casi lo agradezco. Al permanecer de pie por obligación puedo disfrutar de una vista privilegiada.

Veo el severo rostro de Herminio Madinabeitia conmoverse mientras lee el texto que ha escrito para prologar la edición de los “Los Versos de Quejana”. Una feliz iniciativa a la que todos nos sumamos con entusiasmo, recopilar y editar los versos de nuestro amigo. Yo mismo aporté un par que aún conservaba, uno de ellos escrito en el reverso de una postal, el otro un papel informe, rasgado sin cuidado pero lleno de la agudeza de nuestro querido Manolo.

Supongo que los guardé por la misma razón que lo hicieron otros, atesorar una muestra de amistad y de ingenio. Quizás lo hice también porque conocía la poca importancia que daba él a sus composiciones, su obstinada negativa a publicarlos o a compilarlos. Ahora que lo hemos perdido nos hemos empeñado en hacer perdurar su memoria. El libro que hoy se presenta es el resultado de este esfuerzo.

Manuel Sáez de Quejana

Manuel Sáez de Quejana, entre otros, en una foto de 1910 (AMVG, Enrique Guinea)

Herminio Madinabeitia describe ahora su entierro, sus palabras me retrotraen a aquel oscuro y lluvioso día de diciembre, hace dos años. La fúnebre marcha desde la portalada del manicomio de Santa Agueda hasta el cementerio. El sacerdote marchaba solemne portando la cruz y junto a él, entonando los rezos del rito, un ciego al que servía de lazarillo un cojo, les seguía una comitiva de dementes graves. Recuerdo que me pregunté qué ingeniosa chanza habría surgido de los labios de nuestro amigo ante tan peculiar cortejo. Sonrío de nuevo, con esa oleada cálida que me procura la certeza de ser testigo de su agudeza y, como aquel día, se me hiela en los labios sabiendo que no podré oírle nunca más.

E, igual que entonces, me descubro con la mirada fija en mis zapatos. Fuimos muchos los que viajamos hasta allí para acompañarle, unas cincuenta personas, rostros conocidos de los que no tengo memoria exacta. Tampoco conservo una imagen muy clara del paisaje, plomizo, gris y brumoso como mi ánimo. Recuerdo mis zapatos junto a otros, arrastrándose entre el barro, como sí se resistieran a seguir tan triste camino o mi cabeza fuera incapaz de levantarse.

Pero siendo sinceros, a Manolo lo perdimos antes. Poco después de Pascua, cuando la enfermedad le hizo perder la cabeza. El destino, doblemente infame, arrebatando la mente de quien era hombre cultísimo, lleno rápido y lúcido ingenio. ¡Él, en cuyas bromas e ironías no puede hallarse traza de crueldad, escarniado de esa manera!

Y sin embargo en los momentos de lucidez, en los que seguramente era consciente de su merma, su buen humor volvía a florecer. Una sonrisa triste que encara la desgracia burlándose de ella.

“Añibarro, hombre que brilla,
en Vasconia y en Castilla,
dice, que solo me falta,
para poder darme el alta,
que componga una quintilla.”

Una composición que nuestro amigo dedicó al médico que le trataba en el manicomio y que figura al final del libro. Homenaje a la resistencia de su espíritu.

No me extraña que aprovechase esos relámpagos de cordura para mofarse de su tragedia en lugar de caer en la amargura o en la ira ciega que da la impotencia. Su arma fue siempre el ingenio y esa perspicacia filosófica que permite ver el lado cómico de la tragedia.

Pero vosotros, seres del futuro, quizás no conozcáis bien a nuestro amigo a pesar de nuestro intento al editar este libro. Permitidme que deje que el mismo se presente a través de sus versos: “Manuel Saéz de Quejana, que es secre municipal, que en las horas de trabajo (nunca suele trabajar) se dedica a escribir coplas en que suele censurar a dignísimas personas que ejercen la autoridad. Y aunque no tengo dinero (que es grandísimo defecto) soy un hombre muy correcto, muy fino y muy caballero”.

No hagáis caso de su burla, era un trabajador infatigable, discreto y eficaz pero es cierto que a menudo contestaba a los requerimientos burocráticos usando la rima no exenta de ligeras pullas.

“Muy distinguido señor:
tengo el altísimo honor
de mandarle esta licencia;
y use de ella con prudencia/como cumple a un pescador,
que tenga algo de conciencia.”

Y sí, siempre tuvo problemas de liquidez, en sus coplas a menudo ridiculiza y exagera su habilidad para huir de los deudores, conseguir que le fíen o le presten y de la escasez perpetua de leña, buenos alimentos y bebida de su casa.

“Aun cuando sabes esgrima,
espero de tu bondad
no me harás quite a un sablazo
que me es necesario dar,
para unificar mi deuda,
que es casi municipal.”;

“No creo que dudarás,
adorable criatura,
que mandarás la factura,
y que…no la cobrarás.”

“Veo, con gran aflicción,
dolorido y aterrado,
el precio tan elevado,
de la carne de cebón.
Buscar alimentación
hoy cuesta muchos sudores,
pues los acaparadores
son tíos sin corazón.”

Pero sobre todo era un hombre amante de la vida, del buen comer y beber. Probablemente sus dificultades económicas hicieron que el tema de muchas de sus composiciones se centrara en la comida, a veces con una aguda perspectiva sociológica.

“Quien no come es anarquista, o al menos republicano, y el modesto ciudadano generalmente carlista. Y aquel otro gran señor que vive cual sibarita y que nada necesita… es siempre conservador. Todos, según mi opinión, aunque tú no me lo creas, sometemos las ideas a nuestra alimentación”.

No os dejéis engañar por la ligereza de sus coplas, Manuel Saez de Quejana fue un hombre muy culto, de cuya amplísima biblioteca podréis disfrutar gracias a la generosidad de sus hijas, Teresa y Carmen, que la donarán en vuestros días. Esa hijas que nunca se casaron porque su padre las educó para ser libres y autosuficientes y decidieron permanecer solteras.

Teresa Sáez de Quejana

Teresa Sáez de Quejana

Carmen, gran aficionada a los toros, escribirá coplas “taurinas” y Teresa, junto a Encarnación Viana, serán las primeras mujeres concejales de Vitoria, además de una hábil tiradora que participará en numerosos concursos. Su hijo Manuel, seguirá sus pasos convirtiéndose en secretario municipal y desarrollará su afición por la música tocando el violín y la guitarra y componiendo canciones..

Al final de su emotivo prólogo Herminio Madinaveitia expresa su deseo, compartido por todos, de traer los restos de este vitoriano que tanto amó a esta ciudad y sus costumbres al cementerio de Santa Isabel.

Vosotros sabéis que esto no ocurrirá, sus hijas e hijo reposan en la calle San Prudencio, número 15, él añora su tierra desde el cementerio de Santa Agueda. Pero seguramente, cada vez que alguien esboza una sonrisa o asiente con un “¡qué cierto!” al leer una de sus coplas, mesa su bigote y sus labios se curvan satisfechos donde quiera que este nuestro querido Manolo.