Pancracia Ollo, mujer de Zumalacarregui: una mujer en la tormenta

Pancracia Ollo de la Mata fue esposa del General Tomás de Zumalacarregui. Nació en Pamplona en 1798, pero tras enviudar fijó su residencia en Vitoria, donde está enterrada: falleció en 1865. Marta Extramiana repasa su vida en primera persona, en el relato: ‘Una mujer en la tormenta’.

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Retrato de Pancracia Ollo, propiedad del Museo Zumalacarregi

Muy pocos recuerdan mi nombre. Cualquiera pensaría que he pasado por la vida de puntillas, que tuve una vida sencilla y tranquila. Una referencia insignificante en la biografía de otro. Incluso cuando me atribuyen la invención de la tortilla de patatas, soy tan solo la esposa de Tomás de Zumalacárregui. Nada más… y nada menos.

A veces he llegado a preguntarme cómo hubiera sido mi vida si no le hubiera conocido, cuantas lágrimas y sin sabores me hubiera ahorrado, pero entonces recuerdo la primera vez que lo vi.

Corría el año 1804. Mi hermano Joaquín recién cumplía un año y yo alborotaba por la casa con el desparpajo de mis seis primaveras, cuando mi padre, Don Francisco Javier, secretario de la curia eclesiástica, nos presentó a Tomás, un mocetón de 16 años cuyo porte me impresionó.

Era natural de Ormáiztegui, se había estado preparando para escribano en la villa de Idiazábal, había llegado a Pamplona para completar su formación como pasante de mi padre y a partir de entonces iba a formar parte de mi vida. Durante los cuatro años siguientes le vi convertirse en un hombre apuesto, robusto, inteligente, de mirada firme y convicciones férreas… no fui consciente de que me había enamorado hasta que se fue.

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Se incorporó al ejército en Zaragoza, pasó a Guipúzcoa y en 1813 ya era capitán. Pensé que finalizada la guerra de independencia volvería a los legajos y las letras o se contentaría después con la vida sosegada de un militar retirado. Pero estaba muy equivocada, la vida de Tomás era ya la de un soldado. Aunque eso no iba impedir que nuestras vidas siguieran enlazadas, ancladas a nuestra tierra y nuestros fueros.

No sé cuándo conseguí que dejara de verme como a una niña, pero lo hice. El 17 de septiembre de 1820 nos casamos, por poderes porque Tomás aun no había regresado a Pamplona. Lo hizo dos días después, y entonces, a su lado, recibí la bendición nupcial en la basílica de San Miguel. Estaba muy guapo con su uniforme de coronel y yo temblando de emoción me aferraba a su brazo como si supiera que un nuevo viento de guerra me lo iba a arrebatar de nuevo.

Muy pronto tuvimos que despedirnos de nuestra primera hija, Maria Concepción. Pero Dios nos bendijo con otras tres hijas, Ignacia, Josefa y Vicenta Micaela. En abril de 1833 el primer llanto de Micaela resonó en el piso tercero del número 13 de la calle Navarrería. Creo que Tomás hubiera preferido que esta vez fuera un varón pero sus enormes bigotes, que se fundían con las gruesas patillas, no pudieron ocultar una gran sonrisa de orgullo cuando tomó a la niña en brazos. Quizás siempre supimos que era mejor así, quizás en el fondo ninguno queríamos un hijo para las armas. Aunque… cuantas veces pensé más tarde, ojalá fuese yo misma militar para pelear con todo el ardor de mi corazón por la causa en que creo.

La primavera feliz trajo un otoño aciago. Una mañana de octubre se despidió de nosotras, dejó Pamplona y se incorporó al ejército carlista. Me quedé en la casa, con mis tres hijas, dos criadas y la fiel compañía de mi hermano Joaquín. Tristes, preocupadas, pero a salvo. O eso pensábamos.

En enero del año siguiente empezó nuestro calvario. Las autoridades liberales decidieron usarnos para hacer que Tomás abandonara la causa carlista. ¡Que poco conocían a mi marido y mí!

Aunque él se hubiera sentido inclinado a claudicar yo no lo hubiera consentido y Tomás no cedió. Me recluyeron junto a mis dos hijas mayores y Bruna Larrumbe, esposa de su ayudante, el capitán Pablo Sanz, en el convento de clausura de las Recoletas Agustinas. Presas, apartadas del mundo… y aun habíamos de sufrir más. Todos nuestros bienes fueron embargados y subastados, mi hermano apenas pudo salvar algunos enseres y en abril mi hija pequeña, que estaba en Villaba con la nodriza, fue encerrada en la inclusa de Pamplona.

¿Cómo pude conservar la cordura? Mis hijas pálidas, delgadas, de ojos tristes y resignados me acompañaban en la letanía de los días. Los rezos creo que me confortaban, o al menos me sumían en un estado de quietud que me impedía pensar en la suerte de mi pequeña, en la ruina en la que nos encontrábamos, en el peligro que corría Tomás… Las monjas me tributaban un distante respeto, tampoco yo buscaba un trato íntimo con ellas, no las culpaba de nuestro encierro pero no podía evitar verlas como nuestras carceleras. Las autoridades las habían hecho responsables de nuestro confinamiento y aunque no les agradara no permitirían que huyéramos.

Tanto mis familiares como los de Tomás, incluso su hermano Miguel que era liberal, presionaron para librarnos de este castigo injustificado. Algunos, como mi primo Angel Sagaseta sufrieron persecución por sus continuas protestas, no solo con respecto a mi caso: también por otros represaliados. Al fin fuimos liberadas y partimos arruinadas camino del exilio, pero no se me permitió llevarme a la pequeña Micaela.

Nueve meses permaneció como rehén junto a su nodriza, hasta que al fin Espoz y Mina ordenó su liberación tras una sentida carta de Tomás. Probablemente quiso corresponder a la nobleza demostrada por mi esposo al liberar a la madre del general liberal. Eusebio, presbítero rector de Ormáiztegui y mi cuñado, recogió a la niña de las manos de la madre superiora de la inclusa y la llevó a la casa de su hermana mayor, Maria Ignacia, en Idiazábal.

De esto me enteré en Bayona, cuando recibí carta de mi esposo. Casi no acertaba a leer las letras, me empañaban la vista las lágrimas, que no sé si eran de alegría o de tristeza o de las dos cosas. Me contaba mi esposo que había ido a visitar a la niña a casa de su hermana, que estaba sana y hermosa y la nodriza aún más gorda.

Decía también que la niña se echó a llorar cuando la besó porque le daba miedo aquel hombre tan grande con aquellos enormes bigotes y patillas, la gorra roja, la zamarra… Ambos estaban bien, y las noticias que me llegaban de la guerra hablaban de los triunfos de mi esposo, del respeto y el cariño que le tenían sus hombres y del temor que inspiraba a sus enemigos.

Mientras, desde el exilio, hacía cuanto podía… escribir cartas, pedir dinero, reunirme con los afectos a nuestra causa… y sufrir las humillaciones y vejaciones del gobierno francés. Todas mis quejas a ese respecto fueron desoídas, mi esposo se sumó a las reclamaciones y también fue en vano. Pero eso no me doblegó, quien creyera que los desplantes y penurias iban a quebrarme se equivocaba. Recuerdo una vez estando en Elizondo con algunos miembros de la junta que me presentaron al señor William Bollaert, agente de Don Carlos. Me cayó simpático, me llamaba “la generala” y leí una descripción que me hizo que no me desagrado: “Robusta y todavía atractiva… no había ciertamente ausencia de fuerte orgullo por su parte; realmente ella era la esposa de Zumalacárregui en la muy difícil tarea que éste había emprendido.” Así era yo, una mujer fuerte y luchadora.

Solo la muerte de Tomás rasgó mi voluntad y mi ánimo. La noticia me postró en la cama, un golpe seco que me partió el alma. Una muerte absurda por una herida sin importancia. Mi hermano Joaquín fue mi apoyo. Con él y con mis hijas crucé la frontera, fijé mi residencia en Vitoria y dejé pasar los días.

Allí pasaron treinta años sin Tomás, sin esperanza, viendo el menoscabo de nuestros fueros… Primero en Los Arquillos, luego en la calle Independencia y al fin fui conducida al cementerio de Santa Isabel. En la calle San Roque número 102, el tiempo ha desgastado las letras, pero aún puede leerse: Pancracia Ollo, viuda del general Tomás de Zumalacárregui… nada más y nada menos.

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