Sergio Piccolino: el ermitaño, cocinero y educador que vende sus escritos en Landazuri

8 septiembre, 2025

Sergio Piccolino viene cada día desde Mondragón para vender sus escritos en plena calle

Sergio Piccolino tiene 81 años y una vida entera a sus espaldas. Sergio ha sido educador de calle, cocinero, antenista y ermitaño, entre otros muchos oficios. Ahora saluda cada día a los paseantes de la Calle Landazuri, donde permanece de 11:00 a 18:00 (de martes a domingo) para vender sus escritos. Escritos que se cuentan por decenas, con historias a caballo entre realidad y ficción. Y que le sirven para obtener ingresos adicionales que complementen su ínfima pensión.

Estos escritos son la forma que tiene Sergio de obtener ingresos. Porque sus pensiones (tiene ingresos simbólicos de distintos países, no de España) son mínimas, y no le alcanzan a cubrir los gastos básicos. Eso sí, Sergio no pierde la sonrisa y tiene siempre una conversación interesante para quien se para a hablar con él.

Pasión por la escritura

Sergio siempre ha tenido pasión por la escritura. Y él mismo recuerda su primer texto: fue una redacción que entregó en el colegio al volver de vacaciones, y donde la protagonista era una bola de billar. Un texto que escribió siendo un niño, y que redactó de nuevo hace unos años para ofrecerlo a su clientela.

"La lectura es fundamental para desarrollar la creatividad", explica Piccolino. Su imaginación se desborda frente a una hoja en blanco, aunque también recurre en ocasiones a la realidad para hacer nuevas reflexiones. De hecho, entre sus últimas creaciones hay un texto ambientado en Venezuela.

Sergio no vende libros, vende historias impresas. Historias, en ocasiones, basadas en hechos reales, pero modificadas por la imaginación de Sergio. Sobre la repisa de su 'escaparate' lucen a menudo tres historias concretas: Pétalos de Amor, Tragados por el Infierno y Mafia en Arrasate. En su carro de la compra hay muchos más escritos, y otros se amontonan en sus varios USB.

Sergio pica las historias en un ordenador que tiene en casa, pero sin acceso a internet. Cuando ultima una historia, un amigo le corrige la redacción en aquellas expresiones que aún se le atragantan en castellano. Y de ahí llega la impresión en un comercio de la Calle Gorbea. Cada día tiene nuevas historias disponibles.

Una vida de trotamundos

Sergio nació por casualidad en Burdeos, durante un viaje de su familia, que vivía entonces en Lyon. Ese nacimiento casual le inoculó "el virus del trotamundos": ha vivido en Francia, Italia, Luxemburgo, Bélgica, Alemania y España.

Ahora vive en Mondragón, y cada mañana viene en bus a Vitoria para instalar su puesto en la Calle Landazuri. Allí expone los escritos que él mismo ha ido creando a lo largo de su vida.

Su llegada a Mondragón tuvo mucho que ver con su último paso en la fe religiosa: y es que Sergio fue durante casi tres años ermitaño en Gurutzeta, una ermita ubicada en Idiazabal. Antes estuvo también de ermitaño en otras ermitas de Burgos.

Cocinero, antenista...

La vida de Sergio es la de alguien inquieto: con 13 años empezó como cocinero. Y de ello vivió durante más de 20 años en un hotel de Lyon.

En su juventud también fue Boy Scout y, desde los 17, ejerció como educador social de calle. Sergio trataba con los niños y les ayudaba en todo lo que podía: "Era mi vocación. La clave es ser leal al hablar con los jóvenes y crear un clima de confianza para se abran". Aún hoy mantiene intensas charlas con algunos de los jóvenes que se le acercan.

Con 37 años comenzó el periplo de Sergio por Europa: Bruselas, Luxemburgo, Alemania... Probó en trabajos como antenista, reponedor de centro comercial y en diversas etts. Aunque la mayoría de su tiempo lo pasó en empresas hosteleras en Alemania. Cuando murieron sus padres (él era Ingeniero Químico y ella directora de colegio), Sergio volvió a Francia y levantó un hotel con la herencia. Hotel que gestionó durante cuatro años... hasta que le entró la vocación religiosa.

En 1989 Sergio dejó todo lo que tenía al aparecer en él la vocación religiosa

En 1989 lo dejó todo y marchó a Asís atraído por la vida de San Francisco. Allí conoció a una francesa superiora de una comunidad de monjas que lo mandó al monje Carlo Carretto. Sergio recuerda con cariño a Carlo Carretto, quien le supervisó en esta labor religiosa y le impulsó a la vida eremítica, por encima de la vida en comunidad. “Yo buscaba ser aconsejado para la vida eremítica”.

Su vida le llevó después a Fátima por la devoción que sentía por la virgen. Tras ello intentó incluso crear una nueva comunidad  religiosa (los Pobres de María), con el apoyo que tenía de su paso por Italia. Pero no fue posible. Y Sergio acabó en un monasterio de monjes trapenses en Córdoba. Fue un paso de casi tres años en los que estuvo como agregado y colaborando en la huerta (sin pertenecer por completo a la comunidad). Poco después trabajó en la recogida de lechuga en Murcia: "Era una esclavitud total", recuerda Sergio de aquella época en la que estuvo otros seis meses trabajando 10 horas al día por unos sueldos bajísimos.

En 2003 retomó su vida como ermitaño. Así, vivió durante varios años en una ermita de Burgos, en el Valle de Sedano. Allí permaneció hasta que en 2012 llegó a Gurutzeta. Allí vivía de lo que le daban los peregrinos y visitantes, que a menudo se alojaban con él. De aquella época Sergio destaca la generosidad de la gente.

Sergio fue el último ermitaño del País Vasco hasta que tuvo que abandonar la ermita en la que vivía

Fue el último ermitaño de esta ermita de Idiazabal, y aquí estuvo hasta que el mal estado de la vivienda le obligó a abandonar el monte y volver a la civilización. Desde entonces vive en Arrasate, en un piso compartido. Pero su vida actual está en Vitoria-Gasteiz, donde pasa cada día.

Escritos para sobrevivir

Cada mañana, de martes a domingo, Sergio llega en Lurraldebus a la estación de autobuses de Vitoria. Y de ahí toma el tranvía, junto a su mochila y su carro de la compra, llenos de escritos y de ropa para no pasar frío ahora que entra el otoño.

Baja en la parada de Sancho el Sabio y llega a la Calle Landazuri. Allí, en un escaparate de Álava Agencia de Desarrollo, coloca los numerosos escritos y se dispone a charlar con todos y cada uno de los paseantes que se quieren parar ante él: "Mucha gente para y me saluda. Algunos me dan algo o me compran un escrito". Las sonrisas cómplices de los más pequeños o los saludos con los adultos son una constante en una calle que, en realidad, no tiene un elevado tránsito de personas.

¿Por qué siempre está en el mismo sitio? "Al principio me puse en Avenida Gasteiz, pero me fui porque una peluquería decía que le molestaba a su clientela", lamenta. En Landazuri no ha recibido quejas por ello, y está cómodo por el lugar, pese a no ser una calle muy transitada. Sergio no interpela a la gente, solo espera a quienes llegan para hablar con él.

Sergio presume de tener buena salud, y todo ello cuidándose con una dieta qué él mismo ha definido: "Yo estoy viviendo hoy, día a día". Y más tras haber permanecido en la UCI varios días cuando cogió el covid. Más allá de los escritos, también reparte consejos a quien quiere escucharle. Y es que alguien que ha vivido tanto, tiene mucho que contar.