Sin carnet a los 28: A los Mandos

| 5 diciembre, 2012

Siguen las clases prácticas de nuestro estudiante de autoescuela

Capítulos anteriores:

1-Sin carnet a los 28

2- Eligiendo una autoescuela

3- La teoría

4- El psicotécnico (I): Cuando lo absurdo llega al ridículo

5- El Test Psicotécnico, Parte II: In Mayas we trust…

6- A por el práctico

7- La primera clase práctica

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El primer día de autoescuela ya había pasado, pero la tensión no. Por segunda vez voy a coger el coche, pero a diferencia del día anterior en esta ocasión tengo que ser yo quien lo saque del aparcamiento, con un coche delante y otro detrás.

Enciendo el contacto, giro las ruedas hacia el bordillo, meto marcha atrás y comienzo a pisar levemente el acelerador para iniciar la maniobra. Observo que el coche no se mueve, por lo que poco a poco voy soltando el embrague mientras sigo pisando el acelerador, hasta que el coche y Jesús empiezan a “gruñir”. Es en este punto cuando el segundo, en un modo calmado y sutil, me dice: “Está bien, pero si quitas el freno de mano mejor”.

Así lo hago e inicio de nuevo la maniobra. Al poco tiempo me incorporo a la circulación, no sin invadir los dos carriles de la calle, y comienzo a conducir por el centro de la ciudad. Estoy algo nervioso, ya que a diferencia del día anterior, que fuimos por el extrarradio, ahora había bastante más tráfico y las señales, tanto verticales como horizontales, se suceden sin parar. A eso hay que sumar que todavía no domino muy bien el cambio de marchas y aunque soy consciente de que debo cambiarlas cuando el coche se revoluciona y comienza a hacer ruido, de momento sólo soy capaz de reaccionar cuando el ruido lo hace Jesús.

Tampoco el cambio de carriles resulta sencillo. Yo siempre he sido una persona muy obediente por lo que en el momento en que Jesús me dice que cuando pueda cambie de carril, yo inmediatamente le doy al intermitente, para ir avisando, y luego ya sí miro por el retrovisor para ver si viene alguien. En ese momento Jesús me dice que quite el intermitente, que antes de darlo hay que mirar por el retrovisor y que soy un terrorista de la conducción. Puede que tenga razón y que sea un poco terrorista, pero lo cierto es que cuando vas en un coche de autoescuela y das al intermitente, da igual que venga o no venga nadie, te dejan sitio seguro para cambiarte de carril y lo que haga falta.

De modo que así estamos un buen rato dando vueltas por la ciudad. Yo voy conduciendo despacito, el límite de 50 km/h aún me queda muy grande y bastante a menudo Jesús me “aconseja” que acelere un poquito más. Yo procuro pisarle un poco, pero la verdad es que me siento bastante cómodo yendo a esa velocidad tan reducida. Sin embargo, eso pronto se va a acabar.

Poco a poco nos vamos alejando del centro, hasta que veo un cartel en el que pone “Askartza”. Entonces comienzo a ser consciente de lo que me espera. Algo que jamás pensé que haría en mi segundo día de clase. En el casete del coche suena la Orquesta Mondragón y Jesús me pregunta:

– “¿Sabes a dónde estamos llegando?”

– “¿A la autopista?” Respondo yo.

– “Efectivamente. Así que vete acelerando y mete cuarta.”

Así que allí estaba yo, en mi segundo día de clase y con el “Ellas las prefieren gordas, gordas y apretar” de fondo, cuando tuve que meter quinta y poner el coche a 100 km/h. Al principio no me lo podía ni creer y por más que Jesús me decía que hasta 120 tenía margen, la verdad es que no hubo huevos para más.

Después de circular un rato por la autovía, y de adelantar a un camión, ojo, volvemos a entrar en la ciudad. Poco a poco, ahora sí otra vez, nos vamos dirigiendo de nuevo hacia la autoescuela, donde aparco el coche y me despido hasta el día siguiente. Tranquilamente me voy hacia mi casa con una sonrisa en la boca. Y es que no todos los días se adelanta a un camión en la autovía, y menos con la Orquesta Mondragón de fondo.

Durante los días siguientes seguimos dando vueltas por los distintos barrios de Vitoria, con alguna que otra salida esporádica a la autovía. Según vas practicando a lo largo de los primeros días te vas dando cuenta de que, aunque aún conduces bastante regular tirando a mal, poco a poco vas mejorando y cogiendo cierta soltura al hacer la mayoría de las cosas. Sin embargo, una vez pasados estos primeros días llega un punto en el que parece que no avanzas.

Has corregido muchos fallos que al principio son normales, pero hay otros que parece que vas a ser incapaz de dominar por más que pasen los días. Sigues dando clases pero con la sensación de que o no progresas o progresas poco, y claro, eso te agobia.

Por ejemplo, en mi caso me crea mucha tensión el hecho de desviar la mirada de la calzada y mirar por el retrovisor o el espejo central para observar lo que ocurre a mi alrededor. Sé que es algo que tengo que hacer cada cierto tiempo pero me da la sensación de que si no miro a la carretera algo va a pasar y me voy a dar un piñazo.

Pasan los días y aunque soy consciente de que ya me estoy habituando al cambio de marchas, a salir de los semáforos sin trompicones y a frenar en el momento oportuno tanto en el tiempo como en el espacio, me sigue costando horrores desviar la vista de la calzada de un modo natural. Sin embargo, esto va a cambiar gracias a un simple hecho.

Voy conduciendo a través de la avenida, por mi carril de la derecha por supuesto, cuando de un modo natural y nada forzado observo a través de mi ventanilla cómo una chica rubia muy mona camina grácilmente por la acera. Tras una breve observación vuelvo a fijar mi mirada en la carretera y continúo tranquilamente con la conducción.

La mayoría de los fallos los vas corrigiendo progresivamente según pasan los días, sin embargo, hay otros en los que es un hecho aislado el que te ayuda a superarlos. En mi caso fue una chica anónima la que me ayudó a solventar este problemilla y desde aquí me gustaría darle las gracia


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