Los sintecho piden desde el Frontón de Lakua “una oportunidad” para reengancharse a la sociedad

Carta firmada por una veintena de personas sinhogar que han vivido 100 días en el Frontón de Lakua

Los ‘sinhogar’ de Vitoria-Gasteiz se han unido en torno a un escrito redactado durante su convivencia en el Frontón de Lakua. Una convivencia forzada por el confinamiento, y que pronto tocará a su fin. Las instituciones están trabajando para ayudar a los allí presentes, aunque las personas sin hogar aseguran estar “angustiadas”.

Estas personas inician el escrito agradeciendo y reconociendo la labor de los voluntarios y trabajadores sociales de Cruz Roja. Y centran su petición en un llamamiento: “Que no nos vuelvan a dejar en la calle“. E inciden: “Hemos demostrado que podemos y sabemos llevar una convivencia pacífica, no somos bestias”.

“Dadnos al menos una oportunidad para reengancharnos a la sociedad, salir del agujero a que situaciones diversas nos empujaron”, solicitan, y piden el apoyo de las instituciones para no volver a la calle o a los recursos como el Aterpe. También lamentan el trato de algunos vecinos: “Leprosos nos han llamado”.

Sandra, Luis, Hamady, Doris, Gibbriel, Ángel, Adriana, Miguel Ángel, Cristian, Félix, Tomás, Juan, Manuel, Jesús, Eduardo, Said o José Manuel son solo algunos de los ocupantes de estas camillas que firman, con nombres y apellidos, este escrito. A continuación puedes leer íntegro el texto, que reproducimos por su interés informativo.

carta fronton lakua

Carta de los ‘sinhogar’


“Ante todo, nuestro máximo reconocimiento a la labor tanto del voluntariado como del grupo de trabajadoras y trabajadores sociales de la Cruz Roja: vuestra infinita paciencia, permanente sonrisa, el apoyo y cariño que nos habéis dado será algo que jamas olvidaremos. Un millón de gracias, de todo corazón.

Tres meses, pasan ya de los tres meses que una buena parte de las personas ‘sintecho’ de Gasteiz estamos confinadas por la puñetera ‘pandemia coronavírica’. Primero en aquel indecente ‘polideportivo’ de Pío Baroja (entre otras lindezas, un wc para 26 personas), para pasarnos posteriormente hace ya más de 70 días a que nos estabularan en el frontón de Lakua. Estabuladas y estabulados, sí: como el ganado en invierno.

Recogidos en un pabellón desayunando café más seis galletas, comiendo puré y pescado y cenando pescado y puré… salvo excepciones, que las hay… excepcionalmente. Bueno, y pollo y pavo, y pavo y pollo, cuando viene. Van ya cien días así, 50 personas, juntas no: hacinadas. Durmiendo sobre ‘camas de campaña’ ideadas para acomodamiento provisional en situaciones de emergencias puntuales (incendios, inundaciones…), es decir, para pasar sobre ellas 5-6 días como máximo. A exactamente metro y medio las unas de las otras, sin intimidad ninguna (un biombo separativo, un panel que haga de pared), sin lugar donde dejar nuestras cosas (ahora al menos tenemos taquillas).

Así llevamos ya cien días, con sus puñeteras noches: imposible dormir más de cuatro o cinco horas seguidas entre quienes gritan en plena noche por sus pesadillas, los ronquidos, los puñeteros móviles, el atronador y desquiciante ruido del ¿aire acondicionado?…

Tres meses largos ya, cada cual de nuestro padre y nuestra madre. Distintas nacionalidades, problemas siquiátricos, personas tóxico-dependientes o alcohólicas, desarraigadas, paradas y mayores excluidas del sistema laboral… Y van ya más de tres meses. Cien largos días…

Humilladas y humillados: hasta hace tres semanas, si queríamos salir a comprar tabaco o un refresco teníamos que hacerlo a poder ser “en grupo”, y siempre “acompañadas” por alguna persona voluntaria de la Cruz Roja con su vistoso y llamativo chaleco rojo. Nos limitaron las zonas “recreativas” –un jardín interior sin un toldo, carpa o velador donde poder estar o fumar cuando llueve– pues “los vecinos se quejan” de que nos ven… desde sus ventanas. “Leprosos”, nos han llamado… Así, más de tres meses ya.

Y pese a todo, lo hemos soportado. Todo eso, la muerte de nuestra compañera Yolanda (causas ‘naturales’, sí, pero si este no es lugar para nadie, menos para una persona con sus problemas de salud y psicológicos. En cualquier caso, el dolor fue inmenso). Hemos lidiado con ataques de ¿compañeros? pasados o faltos de alcohol u otras drogas, con trastornos y arrebatos mentales… Todo lo hemos sabido encauzar. Lo hemos sobrellevado, y, para la disparidad y cantidad de personas (hasta 50) que aquí nos hallamos recluidos hemos tenido un numero de incidentes asombrosamente bajo. Hemos pues demostrado que podemos, y sabemos, llevar una convivencia pacífica. Que no somos bestias, que sabemos guardar las formas y cumplir las normas por muy abusivas que estas hayan llegado a ser.

Vamos, que no resultaría tan complicado ‘reintegrarnos’ en esta, nuestra sociedad… Tan sólo necesitamos lo mismo que antes de la pandemia: ser debidamente atendidas y atendidos en ‘nuestros’ servicios sociales; un techo, fundamentalmente, y apoyo o seguimiento para quienes lo precisemos; tratamientos contra nuestros malos hábitos –a cambio de dicho techo–; oportunidades laborales; una siquiatría que no se base exclusivamente en ‘empastillarnos’ permanentemente…

Más, ahora que por fin esta pesadilla va llegando a su final, nos sentimos tremendamente angustiados y angustiadas con nuestro futuro. Tras múltiples promesas (“se realojará a todas las personas”, “habrá planes específicos de reinserción”…), lo cierto es que pese a las mentiras de los responsables máximos de los servicios sociales del Ayuntamiento de Gasteiz, estos continúan con la misma dinámica que antes de la pandemia: no nos escuchan ni vienen por aquí, y cuando muy raramente lo hacen (3 veces, una hora cada vez) es para darnos largas…

¿Se dan cuenta dichos servicios sociales de la oportunidad única que han tenido durante estos más de tres meses para hacer un seguimiento personalizado de nuestros problemas? Nos han tenido juntas a la mayoría de las personas usuarias… ¿Por qué no han venido a vernos, ha preguntar qué es de nuestras vidas, pensar que solución se puede plantear a nuestra situación persona a persona? De aquí, ¿a dónde se supone que iremos? ¿Otra vez al Aterpe, a Casa Abierta, al soportal, a aquel cajero automático?

Nosotras pensamos que una crisis tan grave como la vivida se podría al menos aprovechar para solucionar en gran medida otra grave situación, ésta cotidiana: darnos al menos una oportunidad para reengancharnos a la sociedad, salir del agujero a que situaciones diversas nos empujaron. Sacar algo positivo para nosotras y nosotros, y para el resto de la ciudad.

Tan sólo pedimos que, tras estos más de tres meses, no nos coloquen de nuevo en la casilla de salida: no volver a la calle, a la miseria económica, al desprecio y el olvido… Tan sólo pedimos una oportunidad. Creemos sinceramente habérnosla ganado tras los más de tres meses, los más de cien días ya. Que no nos vuelvan a dejar tirados.”

3 comentarios. ¿Quieres agregar algo?:

  1. Sanchez I El sepulturero. dice:

    “Dadnos al menos una oportunidad para reengancharnos a la sociedad
    ¿CUANTAS VECES ?

  2. Sin techo dice:

    ¡Mira que bien! El que no aporta nada a la sociedad y que sólo añade más presión a Asuntos Sociales, ahora le parece mal tener un techo y comidas diarios. ¡Si os parece mejor, os alojamos en un hotel de 5 estrellas y os damos caviar para comer! Eso si, a las personas que aportan con su trabajo o que están sobreviviendo con la mísera pensión que se han ganado, que les den por donde amargan los pepinos.

    Me quejo de que no puedo dormir bien en una cama, pero dormir en el suelo con unos cartones es un lujo. Que me despiertan los ronquidos y LOS MOVILES. No tengo para comer, pero que no me quiten los datos. Y eso si, el camión de la basura, los autobuses y viandantes, eso no me molestan, pero los ronquidos, ¡No los puedo soportar!

    ¡Y que te digo del comer! Solomillo y caviar. ¡Que malos los servicios sociales, que no nos lo ponen todos los días!

    Si no estáis a gusto con lo que se os puede ofrecer, ya sabéis, a la calle y no quejarse, que las comodidades parece ser que no os gustan.

  3. Alberto dice:

    He sido voluntario durante la pandemia en el albergue y para nada estoy de acuerdo con la carta que os han enviado.

    El ambiente era muy bueno, la comida era buena y variada, salíamos con ellos o en grupo para intentar evitar consumos, no hemos tenido ni un contagio, el lugar tiene unas condiciones dignas para vivir una temporada…

    Además, de vez en cuando teníamos visitas de medios de comunicación al interior, y no escondíamos ni cambiábamos nada.

    En fin. Una pena.

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