Vitoria, el manchón de sangre de Fraga

| 17 enero, 2012

[slideshow]La muerte de Manuel Fraga a los 89 años ha llenado los medios nacionales de elogios a la figura del fundador de la derecha democrática y uno de los padres de la Constitución. En los últimos días, miembros de todos los partidos han recordado al que fuera Ministro de la Gobernación en el último gobierno […]

[slideshow]La muerte de Manuel Fraga a los 89 años ha llenado los medios nacionales de elogios a la figura del fundador de la derecha democrática y uno de los padres de la Constitución. En los últimos días, miembros de todos los partidos han recordado al que fuera Ministro de la Gobernación en el último gobierno franquista. Pero en Vitoria el nombre de Manuel Fraga está asociado irremediablemente al espectáculo más triste de la historia reciente de la ciudad. No se podría entender en nuestra ciudad la transición sin unos sucesos que conmocionaron a todos los vitorianos.

Porque lo que ocurrió durante marzo del 76 afectó a todos los vitorianos de aquella época. Fue un ataque desproporcionado de las fuerzas de seguridad contra unos trabajadores que protestaban por las condiciones laborales y salariales de sus puestos de trabajo. Porque prácticamente todos los gasteiztarras tenemos algún amigo o familiar que estuvo allí, en la Iglesia de San Francisco.

Protesta laboral y económica

Durante los días anteriores al fatídico tres de marzo las huelgas y protestas en las empresas vitorianas fueron una constante. Huelgas ilegales, ya que no existía el derecho de reunión ni tampoco el de asociación. Forjas Alavesas fue la primera en sufrir las huelgas, a las que se unieron trabajadores de empresas de toda la ciudad. Prácticamente todas las fábricas estaban en huelga para reclamar una mejora de los derechos.

El 3 de marzo, Miércoles de Ceniza, fue un día en el que se había convocado un paro general en Vitoria, liderado por los anticapitalistas. Por aquel entonces los sindicatos estaban empezando, pero no tenían una base muy fuerte. Al igual que en jornadas anteriores, se convocó una asamblea en la Iglesia de San Francisco. Sin embargo, en este caso fue mucho más mayoritaria. Allí fueron la mayoría de los trabajadores de las empresas alavesas a primera hora de la tarde, tras haberse registrado durante la mañana algunas cargas en el centro de la ciudad. Miles de personas se reunieron en un templo que se quedó pequeño. La Iglesia permanecía rodeada por los grises, al igual que en otras jornadas. Sin embargo, la situación era distinta. Desde provincias limítrofes fueron llegado algunos refuerzos policiales para acabar con unas huelgas que sólo tenían un objetivo económico y laboral, pero para nada político.

Poco antes de las cinco de la tarde, la iglesia estaba repleta de trabajadores, reunidos en asamblea. Para los más jóvenes, la situación puede recordar a las asambleas que en el último año se han repetido en miles de plazas de todo el mundo, en torno al 15M.

Desde la radio de la Policía se lanzó una orden clara: “A por ellos“, había que “desalojar todo lo desalojable”. Tras varias conversaciones entre mandos policiales, que ponen los pelos de punta, se atacó la iglesia,  pese a que los mandos desplazados hasta el lugar insistieron en que no había provocación por parte de los manifestantes.

De repente, los allí reunidos empezaron a escuchar disparos provenientes del exterior. Se rompieron los cristales, se lanzaron botes de humo, y la gente empezó a salir corriendo. A la salida de los vitorianos, la policía disparaba sin piedad, a la masa. Los allí congregados empezaron a huir, por la calle Fermín Lasuen, en dirección opuesta al Parque del Norte. Acudieron a refugiarse en los pisos de alrededor. Los vecinos de Zaramaga, la mayoría de ellos trabajadores, abrieron los portales, y dejaron a los concentrados esconderse en armarios, camas y cualquier otro lugar de sus casas.

La Policía no dejó de disparar hasta haber disuelto toda la concentración. Una vez desalojada la Iglesia, decenas de vitorianos quedaron heridos por el fuego de los disparos, mientras que cinco de ellos fueron asesinados. Dos murieron en Zaramaga y otros tres lo hicieron en días posteriores.

La conmoción fue total en la ciudad, que tras el shock inicial se dirigió en masa hasta la Clínica Arana para donar sangre con la que ayudar a los heridos. Desde allí, la mayoría de la gente acudió a sus casas, y en la noche del 3 de marzo la ciudad parecía un auténtico desierto.

Durante esa noche, llegaron a Vitoria nuevos refuerzos policiales de las provincias limítrofes, que intentaron imponer el orden, tras “haber disparado mil tiros y contribuir a la paliza más grande de la historia”. Pero no lograron evitar el multitudinario funeral a los asesinados. Toda la ciudad, sin miedo, se echó a la calle para arropar a los asesinados, quienes fueron llevados a hombros ante fuertes dispositivos de seguridad.

Durante los meses siguientes, la tensión en Vitoria fue enorme. Baste como ejemplo que, ese año, los Blusas no salieron en La Blanca. La indignación fue evidente porque en ningún momento se investigó la actuación de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Manuel Fraga, ministro de la Gobernación en aquellas fechas, es considerado el responsable último de esa actuación. Hay quien considera que fue él quien dio la orden de disparar contra los manifestantes.

Fraga se encontraba esos días fuera de España. Por ello hay, otras voces que descartan que fuera él quien tomó la decisión de atacar a los obreros. Lo que nadie duda es que la decisión se tomó desde arriba y que el ministro intentó ocultar la actuación de la Policía, evitando cualquier investigación. Una decisión que ha provocado que, 35 años después, Fraga tenga un importante manchón de sangre en nuestra ciudad. Y ello pese a que, en un intento por limpiar su imagen, acudió a Vitoria el día después a fotografiarse con algunos de los heridos.

Todos esos sucesos siguen presentes en la ciudad y en la memoria de muchos vitorianos. Si tienes menos de 40 años y no viviste estos acontecimientos, probablemente tengas a tu lado a alguien que estuvo allí ese día. Pídele que te lo cuente, porque la mejor forma de revivir la historia es conocerla de primera mano.


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